COMENTARIO

 Hch 18,24-28 

El episodio es un excelente ejemplo del afán apostólico de Aquila y Priscila. El motivo se repite, de una u otra manera, en los primeros escritos cristianos: «Por mi parte a ellos [judíos y herejes] como a vosotros, pongo todo mi empeño en sacarlos del error, sabiendo que todo el que pudiendo decir la verdad no la dice, será juzgado por Dios» (S. Justino, Dialogus cum Tryphone 82,3).

Las consecuencias que se derivan de ese celo apostólico no son menos significativas, ya que Apolo resulta ser un vibrante predicador (vv. 27-28): «En la mente de ese hombre ya se había insinuado la luz de Cristo: había oído hablar de Él, y lo anuncia a los otros. Pero aún le quedaba un poco de camino, para informarse más, alcanzar del todo la fe, y amar de veras al Señor. Escucha su conversación un matrimonio, Aquila y Priscila, los dos cristianos, y no permanecen inactivos e indiferentes. No se les ocurre pensar: éste ya sabe bastante, nadie nos llama a darle lecciones. Como eran almas con auténtica preocupación apostólica, se acercaron a Apolo, se lo llevaron consigo y le instruyeron más a fondo en la doctrina del Señor» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 270).

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