COMENTARIO
La existencia en Éfeso de un grupo de discípulos que sólo habían recibido el bautismo de Juan presenta algunas dificultades de interpretación. Puede pensarse que estaban relacionados con las enseñanzas del Bautista —habían recibido su bautismo—, y Pablo debió de considerarlos cristianos en un primer momento. Pero en el Nuevo Testamento la condición de cristiano va unida siempre a la recepción del Bautismo de Jesucristo y a la posesión del Espíritu Santo (cfr 11,16; Jn 3,5; Rm 8,9; 1 Co 12,3; Ga 3,2; etc.), y éstos son los pasos que aquellos hombres dan a continuación (vv. 5-6). «El bautismo de Juan —explica Santo Tomás de Aquino— no concedía la gracia, sino que se limitaba a preparar para recibirla. Lo hacía de tres maneras: por la doctrina de Juan que movía a la fe en Jesús; exhortando al rito del Bautismo de Cristo; y preparando a los hombres, mediante la penitencia, a obtener todos los efectos de este Bautismo» (Summa theologiae 3,38,3).
En todo caso, en esta escena, el texto señala (v. 6), como otras veces en el libro de los Hechos (cfr 3,1-10 y 14,8-18; 12,1-12 y 16,25-34; etc.), el paralelismo entre la labor de Pablo y la de Pedro (cfr 8,14-17). La unión de los dos Apóstoles en la misión de la Iglesia se prolongó después en muchas manifestaciones: «En un solo día celebramos el martirio de los dos Apóstoles. Es que ambos eran en realidad una sola cosa, aunque fueran martirizados en días diversos. Primero lo fue Pedro, luego Pablo. Celebramos la fiesta del día de hoy, sagrado para nosotros por la sangre de los Apóstoles. Procuremos imitar su fe, su vida, sus trabajos, sus sufrimientos, su testimonio y su doctrina» (S. Agustín, Sermones 295,8).