COMENTARIO
En el mundo helenístico de la época había magos, adivinos y exorcistas dispuestos a invocar el nombre de cualquier divinidad. Conocemos, por ejemplo, un papiro mágico que recogía una fórmula semejante a la que emplean aquí estos exorcistas (v. 13): «Te conjuro por Jesús, Dios de los hebreos». Pero el testimonio cristiano exige mucho más que la repetición de unas fórmulas: «Para que la doctrina pegue su fuerza —escribe San Juan de la Cruz—, dos disposiciones ha de haber: una del que predica y otra del que oye. Porque ordinariamente es el provecho como hay la disposición de parte del que enseña. Que por eso se dice que, cual es el maestro, tal suele ser el discípulo. Porque cuando en los Actos de los Apóstoles aquellos siete hijos de aquel príncipe de los sacerdotes de los judíos acostumbraban a conjurar los demonios con la misma forma que San Pablo, se embraveció el demonio contra ellos (…) y embistiendo en ellos, los desnudó y llagó. Lo cual no fue sino porque ellos no tenían la disposición que convenía» (Subida al Monte Carmelo 3,45).
Por lo demás, las curaciones de Pablo recuerdan a las de Pedro: de la misma manera que las gentes llevaban a los enfermos para que la sombra de Pedro les curase (5,15), ahora rodean a Pablo para ser sanados (vv. 11-12). Pero, sobre todo, la actividad de Pablo en Éfeso parece un eco de la de Jesús en Galilea cuando las gentes se agolpaban junto al Señor para tocar su manto y ser curadas (cfr Mc 6,56). También en cuanto a la forma, con milagros que confirman las palabras, la acción de Pablo imita el proceder de Jesús: «¿Aprendieron los discípulos de Jesús a hacer milagros como su maestro y convencían así a sus oyentes, o no hicieron ellos tampoco milagros? Decir que no hicieron milagros de ninguna clase, y que, creyendo a ciegas (…), se entregaron a enseñar por todas partes una doctrina nueva, es cosa de todo punto absurda; porque ¿qué les daba ánimo para enseñar una doctrina que era una completa novedad? Y si también ellos hicieron milagros, ¿en qué cabeza cabe que unos magos se lanzaran a tantos peligros para implantar precisamente una doctrina que prohíbe la magia?» (Orígenes, Contra Celsum 1,38).
El santo temor de ofender a Dios llevó a los de Éfeso a apartar todo lo que les separaba de Él, empezando por las artes mágicas y los libros que trataban de ellas.