COMENTARIO
La exhortación a los presbíteros de Éfeso es el tercer gran discurso del Apóstol recogido en en el libro. Forma un tríptico con el que dirige a los judíos en Antioquía de Pisidia (13,16ss.) y el que pronuncia ante los paganos en Atenas (17,22ss.). Constituye una despedida emocionada de Pablo a las iglesias que ha fundado. El discurso evoca el de la Última Cena de Jesús (Lc 22,21-38), con advertencias acerca del porvenir de la Iglesia, el papel del ministerio y la exigencia de los pastores. Subraya, sobre todo, la abnegación del Apóstol que, por eso, puede servir de modelo a los presbíteros que le escuchan. Ésa es la primera enseñanza, la del ejemplo: «Es necesario que quienes gobiernan la comunidad ejerciten dignamente las actividades de dirección (…). Existe el peligro de que algunos que se ocupan de otros y les dirigen hacia la vida eterna puedan destruirse a sí mismos sin notarlo. Es necesario que quienes supervisan trabajen más que el resto, sean más humildes que quienes están bajo ellos, les ofrezcan su propia vida como un ejemplo de servicio, y consideren a los súbditos como un depósito que Dios les ha confiado» (S. Gregorio de Nisa, De instituto christiano).
El discurso se divide en dos partes. La primera (vv. 18-27) contiene un breve resumen de la abnegada vida de Pablo en Éfeso al frente de la iglesia que había establecido, así como los difíciles acontecimientos que barrunta para el tiempo inmediato. Dos secciones paralelas (vv. 18-21 y 26-27) encuadran un pasaje central (vv. 22-25). En la raíz de su enseñanza está la certeza por parte del Apóstol de que Dios dirige sus pasos y vela paternalmente por él; pero tal convencimiento va unido a la incertidumbre, propia de la condición humana, sobre su futuro: «La gracia no operaba sola. Respetaba a los hombres en su propia acción, les movía, despertaba y no hacía desaparecer del todo sus inquietudes» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 37). Pablo ha logrado amar a Jesucristo hasta el desprecio de sí mismo, de modo que el curso de su vida significa únicamente para él la posibilidad de cumplir la tarea que Dios le ha encomendado (cfr 2 Co 4,7; Flp 1,19-26; Col 1,24). El Apóstol concibe la santidad como una carrera ininterrumpida, llena de amor y de obras, hacia el encuentro con el Señor (v. 24). Éste es el ideal de perfección cristiana que han enseñado, según la pauta marcada por San Pablo, los Padres de la Iglesia: «Si se trata de la virtud —escribe, por ejemplo, San Gregorio de Nisa—, hemos aprendido del Apóstol mismo que la perfección de aquélla sólo tiene el límite de no tener ninguno. Este gran hombre de elevado espíritu, este divino apóstol, no deja jamás, al correr en la vía de la virtud, de tender hacia lo que está delante (Flp 3,13). Detenerse le parece peligroso. ¿Por qué? Porque todo bien, por su propia naturaleza, carece de límite y sólo está limitado por el encuentro en su contrario: así la vida por la muerte, la luz por la oscuridad, y en general cualquier bien por su opuesto. Igual que el fin de la vida es el comienzo de la muerte, así también dejar de correr en el camino de la virtud es comenzar a hacerlo en el camino del vicio» (De vita Moysis 1,5).
En la segunda parte del discurso (vv. 28-35), el Apóstol habla encendidamente sobre la misión y tarea de los presbíteros. Dos series de recomendaciones (vv. 28-31 y 33-35) se agrupan también en torno a un versículo eje (v. 32): «No es conveniente que los hombres cristianos, atentos al esfuerzo humano, consideren que la entera corona depende de sus peleas, sino que es necesario que refieran a la voluntad de Dios sus esperanzas en el premio» (S. Gregorio de Nisa, De instituto christiano).