20Hch1Cuando cesó el alboroto, Pablo hizo llamar a los discípulos, los animó, se despidió de ellos y partió camino de Macedonia. 2Después de atravesar aquellas regiones y exhortar a todos con frecuentes conversaciones, llegó a Grecia. 3Allí se detuvo tres meses y, como los judíos tramaron un atentado contra él cuando se disponía a navegar hacia Siria, decidió volver por Macedonia. 4Lo acompañaban Sópatros, hijo de Pirro, de Berea; Aristarco y Segundo, de Tesalónica; Gayo, de Derbe; y Timoteo, así como Tíquico y Trófimo, que eran de Asia. 5Éstos se adelantaron y nos esperaron en Tróade. 6Nosotros iniciamos la navegación en Filipos después de los Ácimos y a los cinco días nos reunimos con ellos en Tróade, donde nos detuvimos siete días.
7El primer día de la semana, cuando estábamos reunidos para la fracción del pan, Pablo, que debía partir al día siguiente, hablaba a los discípulos, y su discurso se prolongó hasta la medianoche. 8Había abundantes lámparas en la habitación superior donde nos encontrábamos. 9Un joven que se llamaba Eutico estaba sentado en la ventana y se quedó profundamente dormido al alargarse el discurso de Pablo, de modo que vencido por el sueño se cayó desde el tercer piso y lo levantaron ya muerto. 10Bajó Pablo, se echó sobre él y abrazándolo dijo:
—No se preocupen, que su alma está en él.
11Subió luego, partió el pan, lo comió y siguió hablando largo tiempo hasta el amanecer; entonces se marchó. 12Trajeron vivo al joven y se consolaron muchísimo.
13Nosotros nos adelantamos a tomar la nave y zarpamos rumbo a Asso, donde íbamos a recoger a Pablo, porque él había decidido hacer el viaje por tierra hasta allí. 14Cuando se nos unió en Asso lo recibimos a bordo y llegamos a Mitilene. 15Allí nos hicimos a la mar y llegamos al día siguiente a la altura de Quíos; al otro día atracamos en Samos y al siguiente arribamos a Mileto. 16Pablo había decidido no detenerse en Éfeso, para no perder tiempo en Asia. Se daba prisa porque, si era posible, deseaba estar en Jerusalén el día de Pentecostés.
17Desde Mileto envió un mensaje a Éfeso y convocó a los presbíteros de la iglesia. 18Cuando llegaron les dijo:
—Ustedes saben cómo me he comportado en su compañía desde el primer día que entré en Asia, 19sirviendo al Señor con toda humildad y lágrimas en medio de las dificultades que me han venido por las insidias de los judíos; 20cómo no dejé de hacer nada de cuanto podía aprovecharles —al predicarles y al enseñarles, en público y en sus casas—, 21cuando anunciaba a judíos y griegos la conversión a Dios y la fe en nuestro Señor Jesús. 22Ahora, encadenado por el Espíritu, me dirijo a Jerusalén, sin saber qué me pasará allí, 23excepto que por todas las ciudades el Espíritu Santo testimonia en mi interior para decirme que me esperan cadenas y tribulaciones. 24Pero en nada estimo mi vida, con tal de consumar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús de dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios. 25Sé ahora que ninguno de ustedes, entre quienes pasé predicando el Reino, volverá a ver mi rostro. 26Por eso, en este día doy testimonio de que estoy libre de culpa de la sangre de todos, 27pues no dejé de anunciarles todos los designios de Dios.
28»Cuidad de ustedes y de toda la grey, en la que el Espíritu Santo los puso como obispos para apacentar la Iglesia de Dios, que Él adquirió con su sangre. 29Sé que después de mi marcha se meterán entre ustedes lobos feroces que no perdonarán al rebaño, 30y que de entre ustedes mismos surgirán hombres que enseñarán doctrinas perversas, con el fin de arrastrar a los discípulos tras ellos. 31Deben, por lo tanto, vigilar y recordar que durante tres años no cesé noche y día de exhortarlos con lágrimas a cada uno de ustedes. 32Ahora los encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que es poderosa para edificar y conceder la herencia a todos los santificados. 33No he codiciado de nadie plata, oro o ropas. 34Saben bien que las cosas necesarias para mí y los que están conmigo las proveyeron estas manos. 35Les he enseñado en todo que trabajando así es como debemos socorrer a los necesitados, y que hay que recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: «Mayor felicidad hay en dar que en recibir».
36En cuanto acabó de hablar se puso de rodillas y oró con todos ellos. 37Entonces rompieron todos a llorar y abrazándose al cuello de Pablo le besaban, 38afligidos sobre todo por lo que había dicho de que no volverían a ver su rostro. Y lo acompañaron hasta la nave.
21Hch1Separándonos de ellos nos hicimos a la mar y fuimos derechos a Cos, al día siguiente a Rodas y luego a Pátara. 2Encontramos una nave que zarpaba para Fenicia, nos embarcamos en ella y partimos. 3Avistamos la isla de Chipre y, dejándola a nuestra izquierda, continuamos navegando rumbo a Siria. Llegamos a Tiro, donde la nave debía dejar su carga. 4Encontramos a los discípulos y permanecimos allí siete días. Movidos por el Espíritu, ellos le decían a Pablo que no subiese a Jerusalén. 5Concluidos aquellos días salimos para continuar el viaje. Nos acompañaron todos con sus mujeres e hijos hasta fuera de la ciudad. Puestos de rodillas en la playa, hicimos oración, 6nos despedimos unos de otros y subimos a la nave. Ellos se volvieron a sus casas. 7Nosotros, terminado el viaje por mar desde Tiro, arribamos a Tolemaida, saludamos a los hermanos y permanecimos un día con ellos.
8Al día siguiente partimos y llegamos a Cesarea, donde fuimos a casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, y nos quedamos con él. 9Tenía éste cuatro hijas vírgenes que profetizaban.
10Llevábamos allí varios días cuando llegó desde Judea un profeta que se llamaba Ágabo. 11Vino a nosotros, tomó el cinturón de Pablo y atándose las manos y los pies dijo:
—Esto dice el Espíritu Santo: en Jerusalén, los judíos atarán así al hombre a quien pertenece este cinturón, y lo entregarán a manos de los gentiles.
12Cuando lo oímos, tanto nosotros como los del lugar le rogamos que no subiera a Jerusalén. 13Entonces Pablo respondió:
—¿Qué hacen llorando y afligiendo mi corazón? Yo estoy dispuesto no solamente a que me aten, sino también a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús.
14Como no podíamos convencerlo, dejamos de insistirle y dijimos:
—Hágase la voluntad del Señor.
15Después de estos días, acabamos los preparativos y subimos a Jerusalén. 16Venían con nosotros algunos discípulos de Cesarea, que nos llevaron a casa de un tal Mnasón, chipriota y antiguo discípulo, en donde nos hospedamos.
17En cuanto llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con alegría. 18Al día siguiente vino Pablo con nosotros a casa de Santiago, y allí se reunieron también todos los presbíteros. 19Después de saludarles les narró una por una las cosas que había obrado Dios en los gentiles por su ministerio. 20Ellos, al oírle, glorificaban a Dios, y le dijeron:
—Ya ves, hermano, cuántos miles de judíos han recibido la fe, y todos son celosos seguidores de la Ley. 21Han oído decir de ti que enseñas a todos los judíos que habitan entre los gentiles que se aparten de Moisés, hablándoles de no circuncidar a sus hijos y no vivir las tradiciones. 22¿Qué podemos hacer? En cualquier caso se enterarán de que has llegado. 23Haz entonces lo que vamos a decirte: hay entre nosotros cuatro hombres que deben cumplir un voto; 24llévalos contigo, purifícate con ellos y paga sus gastos para que se rapen la cabeza, y vean todos que no hay nada de lo que han oído decir contra ti, sino que también tú caminas en la observancia de la Ley. 25En cuanto a los gentiles que han creído, les hemos escrito ya nuestra decisión de que se abstengan de la carne sacrificada a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la fornicación.
26Se llevó entonces Pablo a aquellos hombres y, al día siguiente, después de haberse purificado con ellos, entró en el Templo y anunció el plazo de los días de la purificación, para saber el día en que podría presentar la ofrenda por cada uno de ellos.
27Cuando estaban a punto de cumplirse los siete días, unos judíos venidos de Asia, al verlo en el Templo, alborotaron a la muchedumbre y le echaron mano 28gritando:
—¡Auxilio, hombres de Israel! Éste es el hombre que enseña a todos por todas partes contra el pueblo, la Ley y este lugar, y que ha introducido incluso a unos griegos en el Templo y ha profanado este lugar santo 29—era que habían visto con él en la ciudad al efesio Trófimo, y creían que Pablo lo había introducido en el Templo.
30Se agitó toda la ciudad y se formó un tumulto de gente. Entonces, apresaron a Pablo, lo arrastraron fuera del Templo y cerraron inmediatamente las puertas. 31Intentaban matarlo, cuando se le anunció al tribuno de la cohorte que toda Jerusalén se encontraba alborotada. 32Éste enseguida se llevó con él a soldados y centuriones y corrió hacia ellos, quienes, al ver al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo. 33Se acercó el tribuno, lo prendió y ordenó que fuera atado con dos cadenas, y le preguntó quién era y qué había hecho. 34Como en la muchedumbre unos gritaban una cosa y otros otra, y no podía averiguar nada con claridad a causa del tumulto, mandó conducirlo al cuartel. 35Cuando llegó a las escaleras tuvo que ser llevado por los soldados a causa de la violencia de la gente, 36pues la multitud seguía detrás gritando:
—¡Mátalo!
37Cuando iban a entrar en el cuartel le dijo Pablo al tribuno:
—¿Me permites decirte una cosa?
Él le contestó:
—¿Hablas griego? 38¿No eres tú el egipcio que hace pocos días promovió una rebelión y llevó al desierto a cuatro mil sicarios?
39Pablo respondió:
—Yo soy judío, de Tarso de Cilicia, ciudadano de esta ciudad no desconocida. Te ruego que me permitas hablar al pueblo.
40Le concedió el permiso, y Pablo, de pie en lo alto de las gradas, hizo una señal a la gente con la mano. Se produjo entonces un profundo silencio y comenzó a hablarles en lengua hebrea:
22Hch1—Hermanos y padres, escuchen la defensa que hago ahora ante ustedes.
2Al oír que les hablaba en lengua hebrea guardaron mayor silencio. Y dijo:
3—Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, educado en esta ciudad e instruido a los pies de Gamaliel según la observancia de la Ley patria, y estoy lleno de celo de Dios como lo están ustedes en el día de hoy. 4Yo perseguí a muerte este Camino, encadenando y encarcelando a hombres y mujeres, 5como me lo puede atestiguar el sumo sacerdote y todo el Sanedrín. De ellos recibí cartas para los hermanos y me encaminé a Damasco para traer aherrojados a Jerusalén a quienes allí hubiera, con el fin de castigarlos.
6»Pero cuando iba de camino, cerca de Damasco, hacia el mediodía, me envolvió de repente una gran luz venida del cielo, 7caí al suelo y oí una voz que me decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» 8Yo respondí: «¿Quién eres, Señor?» Y me contestó: «Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues». 9Los que estaban conmigo vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. 10Yo dije: «¿Qué tengo que hacer, Señor?» Y el Señor me respondió: «Levántate y entra en Damasco: allí se te dirá todo lo que debes hacer». 11Como yo no veía a causa del resplandor de aquella luz, tuve que entrar en Damasco conducido de la mano de mis acompañantes.
12»Ananías, un varón piadoso según la Ley y acreditado por todos los judíos que allí vivían, 13vino y de pie delante de mí me dijo: «Saulo, hermano, recobra tu vista». Y en el mismo instante lo pude ver. 14Él me dijo: «El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conocieras su voluntad, vieras al Justo y oyeras la voz de su boca, 15porque serás su testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. 16Ahora, ¿qué esperas? Levántate y recibe el bautismo y lava tus pecados, invocando su nombre».
17»Vuelto a Jerusalén, me encontraba orando en el Templo cuando tuve un éxtasis 18y le vi a él que me decía: «Apresúrate y sal enseguida de Jerusalén, porque no recibirán tu testimonio sobre mí». 19Yo contesté: «Señor, ellos saben que yo iba por las sinagogas encarcelando y azotando a los que creían en ti; 20y cuando se vertió la sangre de tu testigo Esteban, yo estaba presente, lo consentía y guardaba los vestidos de los que lo mataban». 21Y me dijo: «Vete, porque yo te enviaré lejos, a los gentiles».
22Le escucharon hasta estas palabras, pero entonces alzaron la voz y dijeron:
—¡Quita a ése de la tierra! ¡No merece vivir!
23Como continuaban vociferando, agitando sus ropas y lanzando polvo al aire, 24el tribuno mandó conducirlo dentro del cuartel y dispuso que con azotes lo interrogaran, para saber por qué motivo gritaban así contra él.
25Cuando lo tenían estirado con las correas, Pablo le dijo al centurión que estaba allí:
—¿Les es lícito azotar a un romano sin haberlo juzgado?
26Al oír esto, el centurión fue al tribuno y le dijo:
—¿Qué vas a hacer? Este hombre es ciudadano romano.
27Vino el tribuno y le preguntó:
—Dime, ¿eres de verdad romano?
—Sí —contestó él.
28—Yo conseguí esta ciudadanía gracias a una fuerte suma —replicó el tribuno.
—Pues yo —contestó Pablo— la tengo por nacimiento.
29Enseguida se retiraron los que iban a torturarlo, y el tribuno se asustó al enterarse de que era romano y de que lo había hecho encadenar para azotarlo.
30Al día siguiente, deseando saber con exactitud de qué lo acusaban los judíos, le quitó las cadenas, mandó reunir a los príncipes de los sacerdotes y a todo el Sanedrín, llevó a Pablo y lo hizo comparecer ante ellos.
23Hch1Fijos los ojos en el Sanedrín, Pablo exclamó:
—¡Hermanos, yo me he comportado con entera buena conciencia ante Dios hasta este día!
2El sumo sacerdote Ananías ordenó a los que estaban junto a él que lo golpeasen en la boca. 3Entonces Pablo le dijo:
—¡Dios te golpeará a ti, muro blanqueado! ¿Tú te sientas para juzgarme con arreglo a la Ley, y contra la Ley mandas golpearme?
4Los presentes dijeron:
—¿Ultrajas al sumo sacerdote de Dios?
5Respondió Pablo:
—No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; está escrito: No maldecirás al príncipe de tu pueblo.
6Sabiendo Pablo que unos eran saduceos y otros fariseos, gritó en medio del Sanedrín:
—¡Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos, y se me juzga por la esperanza en la resurrección de los muertos!
7Al decir esto se produjo un enfrentamiento entre fariseos y saduceos y se dividió la multitud. 8Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángeles ni espíritus; los fariseos, en cambio, confiesan una y otra cosa. 9Se produjo un enorme griterío y puestos en pie algunos escribas del grupo de los fariseos discutían:
—No encontramos nada malo en este hombre. ¿Y si le ha hablado algún espíritu o algún ángel?
10Como el alboroto crecía cada vez más, temeroso el tribuno de que despedazaran a Pablo, ordenó a los soldados bajar, sacarlo de en medio de ellos y conducirlo al cuartel. 11Esa noche se le apareció el Señor y le dijo:
—Mantén el ánimo, pues igual que has dado testimonio de mí en Jerusalén, así debes darlo también en Roma.
12Cuando amaneció, los judíos se reunieron y se comprometieron bajo juramento a no comer ni beber hasta haber dado muerte a Pablo. 13Los conjurados eran más de cuarenta. 14Se presentaron a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos y dijeron:
—Bajo juramento nos hemos comprometido a no comer nada hasta que no hayamos dado muerte a Pablo. 15Ahora ustedes, de acuerdo con el Sanedrín, pidan al tribuno que se los lleve, como si desearan examinar más detalladamente su caso. Nosotros, por nuestra parte, estamos preparados para matarlo antes de que llegue.
16El hijo de la hermana de Pablo se enteró de la conjuración, fue al cuartel, entró y se lo comunicó a Pablo. 17Llamó éste a uno de los centuriones para decirle:
—Conduce a este joven hasta el tribuno, porque tiene algo que anunciarle.
18Se lo llevó con él al tribuno diciendo:
—Pablo, el preso, me ha llamado para rogarme que te trajera a este joven, que tiene algo que decirte.
19El tribuno lo tomó de la mano, se retiró con él aparte y le preguntó:
—¿Qué tienes que decirme?
20Él respondió:
—Los judíos se han puesto de acuerdo para pedirte que mañana lleves a Pablo ante el Sanedrín, con el pretexto de averiguar más exactamente alguna cosa sobre él. 21Pero tú no les creas, porque le preparan un atentado más de cuarenta de ellos, que se han comprometido bajo juramento a no comer ni beber hasta haberle dado muerte y ahora están preparados en espera de tu conformidad.
22El tribuno despidió al muchacho con esta advertencia:
—No digas a nadie que me has comunicado estas cosas.
23Llamó luego a dos centuriones y les dijo:
—Preparen doscientos soldados de a pie, setenta jinetes y doscientos lanceros, para ir a Cesarea a la tercera vigilia de la noche, 24y tengan dispuestas cabalgaduras para montar a Pablo y ponerlo a salvo ante el gobernador Félix.
25Y escribió una carta en estos términos:
26«Claudio Lisias al excelentísimo Prefecto Félix: saludos. 27De este hombre se habían apoderado los judíos y lo iban a matar cuando, al enterarme de que era romano, acudí con la tropa y lo libré de ellos. 28Con el deseo de saber de qué delito lo acusaban le bajé a su Sanedrín 29y descubrí que lo acusaban de asuntos relativos a su Ley, pero que no tenía ningún cargo que mereciera muerte o prisión. 30Al llegarme noticias de que preparaban un atentado contra este hombre, te lo he mandado enseguida y he indicado a sus acusadores que presenten ante ti su querella contra él».
31Los soldados tomaron a Pablo, según se les había ordenado, y lo condujeron de noche a Antípatris. 32Al día siguiente, siguieron con él los de caballería y se volvieron los demás al cuartel. 33Cuando llegaron a Cesarea entregaron la carta al gobernador y le presentaron también a Pablo. 34Después de leerla lo interrogó sobre su provincia de origen y, al enterarse de que era de Cilicia, le dijo:
35—Te juzgaré cuando lleguen tus acusadores.
Y mandó custodiarlo en el pretorio de Herodes.
24Hch1Cinco días después bajó el sumo sacerdote Ananías con algunos ancianos y un tal Tértulo, que era abogado, y presentaron ante el gobernador acusación contra Pablo. 2Citado éste, Tértulo comenzó la acusación diciendo:
—La gran paz que por ti gozamos y las mejoras realizadas en favor de esta nación por tus cuidados, 3las hemos recibido, excelentísimo Félix, siempre y en todo lugar con todo agradecimiento. 4Y para no cansarte más tiempo, te ruego que nos escuches brevemente con tu acostumbrada clemencia. 5Hemos encontrado a esta peste de hombre que provoca alborotos entre todos los judíos de la tierra y que es jefe principal de la secta de los nazarenos. 6Ha intentado también profanar el Templo, pero lo apresamos. (7)8Al interrogarlo podrás conocer por ti mismo todo de lo que le acusamos.
9Se sumaron a la acusación los judíos diciendo que era realmente así.
10Al concederle la palabra el gobernador, respondió Pablo:
—Sé que desde hace muchos años eres juez de esta nación. Por eso voy a hablar en mi defensa con toda confianza. 11Puedes comprobar que no hace más de doce días que subí a Jerusalén para adorar a Dios, 12y ni en el Templo me han encontrado discutiendo con nadie, ni alborotando a la gente en las sinagogas o por la ciudad. 13Tampoco pueden probarte las cosas de las que ahora me acusan. 14Confieso, en cambio, ante ti que sirvo al Dios de mis padres según el Camino que ellos llaman secta, creyendo todo lo que dice la Ley y está escrito en los Profetas, 15y tengo en Dios la esperanza, que ellos mismos tienen, de que habrá una resurrección tanto de justos como de pecadores. 16Me esfuerzo por eso yo también en conservar siempre una conciencia limpia ante Dios y ante los hombres. 17Después de muchos años he venido para traer limosnas a los de mi nación y a presentar ofrendas. 18En estas circunstancias me encontraron purificado en el Templo, sin aglomeraciones ni alboroto. 19Ciertos judíos de Asia son los que deberían presentarse ante ti y acusarme si tienen algo contra mí, 20o si no, que digan éstos qué delito encontraron en mí cuando comparecí ante el Sanedrín, 21a no ser sólo la afirmación que pronuncié cuando estaba en medio de ellos: que soy juzgado hoy por ustedes a causa de la resurrección de los muertos.
22Félix, buen conocedor de lo referente al Camino, les dio largas:
—Cuando baje el tribuno Lisias me ocuparé de su asunto.
23Y ordenó al centurión que custodiase a Pablo, que le permitiera alguna libertad y no impidiera a ninguno de sus amigos que lo asistiera.
24Después de unos días llegó Félix con su esposa Drusila, que era judía. Hizo llamar a Pablo y lo escuchó acerca de la fe en Cristo Jesús. 25Al hablar Pablo de la justicia, la continencia y el juicio futuro, Félix le respondió aterrorizado:
—Por ahora puedes retirarte. Te haré llamar cuando surja una ocasión propicia.
26Esperaba al mismo tiempo que Pablo le diera dinero, y por eso lo buscaba con frecuencia y hablaba con él.
27Dos años después, Porcio Festo sucedió a Félix. Y Félix, por atraerse a los judíos, dejó a Pablo en prisión.
25Hch1Tres días después de llegar a la provincia, subió Festo de Cesarea a Jerusalén, 2y los príncipes de los sacerdotes y los jefes de los judíos le presentaron acusación contra Pablo, e insistían 3en pedirle la gracia de que ordenara conducirlo a Jerusalén, mientras preparaban una emboscada para matarlo en el camino. 4Pero Festo les respondió que Pablo estaba custodiado en Cesarea y que él mismo se disponía a partir hacia allí cuanto antes:
5—Que bajen conmigo —dijo— los principales de entre ustedes y acusen a este hombre, si ha cometido algún crimen.
6Tras quedarse con ellos no más de ocho o diez días, bajó a Cesarea y al día siguiente se sentó en el tribunal y mandó traer a Pablo. 7En cuanto lo trajeron lo rodearon los judíos bajados de Jerusalén, alegando contra él muchas y graves acusaciones que no podían probar. 8Pablo se defendía:
—Yo no he cometido ningún delito contra la Ley de los judíos ni contra el Templo ni contra el César.
9Pero Festo, que deseaba atraerse a los judíos, le dijo a Pablo:
—¿Quieres ir a Jerusalén y ser juzgado allí de estas cosas en mi presencia?
10—Estoy ante el tribunal del César —contestó Pablo—, que es donde debo ser juzgado. A los judíos no les he hecho ningún mal, como tú bien sabes. 11Si soy reo de crimen y he hecho algo que merezca la muerte, no rehúso morir; pero si nada hay de lo que éstos me acusan, nadie puede entregarme a ellos: ¡apelo al César!
12Entonces Festo deliberó con su consejo y respondió:
—Has apelado al César y al César irás.
13Pasados algunos días llegaron a Cesarea el rey Agripa y Berenice y fueron a saludar a Festo. 14Como se detuvieron allí unos días, Festo mencionó al rey el asunto de Pablo:
—Hay aquí un hombre que Félix dejó en prisión, 15contra quien los príncipes de los sacerdotes y los ancianos de los judíos presentaron acusación cuando estuve en Jerusalén, pidiendo sentencia condenatoria. 16Yo les contesté que, entre romanos, no es costumbre entregar a un hombre antes de que el acusado tenga delante de él a sus acusadores y la oportunidad de defenderse de la acusación. 17Cuando llegaron aquí, me senté al día siguiente en el tribunal, sin ninguna dilación, y ordené que trajeran a aquel hombre. 18Los acusadores se presentaron ante él, pero no alegaban ninguna acusación de los delitos que yo sospechaba. 19Tenían contra él ciertas cuestiones de su religión y de un tal Jesús, ya muerto, de quien Pablo afirma que vive. 20Perplejo por estas cuestiones, le propuse si deseaba ir a Jerusalén para ser juzgado allí de estas cosas. 21Pero como Pablo apeló para que su causa sea reservada a la decisión del César, mandé custodiarlo hasta que lo pueda enviar al César.
—Yo también quisiera oír a ese hombre.
—Mañana lo oirás —respondió él.
23Al día siguiente llegaron Agripa y Berenice con gran pompa y entraron en la sala de la audiencia, junto con los tribunos y los hombres más importantes de la ciudad. A una orden de Festo trajeron a Pablo. 24Dijo Festo:
—Rey Agripa y todos los presentes entre nosotros, ven aquí a este hombre. Toda la multitud de los judíos me ha interpelado contra él, tanto en Jerusalén como en este lugar, gritando que no merece vivir más tiempo. 25Comprendí, sin embargo, que no había cometido nada digno de muerte. Pero como ha apelado al César he decidido enviárselo. 26Dado que no tengo nada preciso que escribir al Emperador sobre él, lo he traído ante ustedes, y especialmente ante ti, rey Agripa, para que, una vez hecho el interrogatorio, tenga algo que escribir; 27pues me parece improcedente enviar un preso sin indicar de qué se le acusa.
26Hch1Agripa le dijo a Pablo:
—Se te permite hablar en tu defensa.
Entonces Pablo extendió la mano y comenzó su alegato:
2—Me considero dichoso, rey Agripa, de poder defenderme hoy ante ti de todas las acusaciones de los judíos, 3sobre todo, porque tú conoces todas sus cuestiones y costumbres. Te ruego por tanto que me escuches pacientemente. 4Todos los judíos saben de mi vida desde la juventud, que transcurrió desde el principio en medio de mi pueblo en Jerusalén. 5Me conocen hace mucho tiempo y si quieren pueden atestiguar que he vivido como fariseo, según la secta más estricta de nuestra religión. 6Y ahora estoy sometido a juicio por la esperanza en la promesa hecha por Dios a nuestros padres, 7la cual esperan alcanzar nuestras doce tribus sirviendo a Dios con perseverancia día y noche. ¡A causa de esta esperanza, rey, soy acusado por los judíos! 8¿Por qué les parece increíble que Dios resucite a los muertos?
9»Yo me creí en el deber de actuar enérgicamente contra el nombre de Jesús Nazareno. 10Lo hice en Jerusalén y encarcelé a muchos santos con potestad recibida de los príncipes de los sacerdotes. Y cuando se les mataba yo aportaba mi voto. 11Los castigaba frecuentemente por todas la sinagogas, para obligarlos a blasfemar y, enfurecido contra ellos, llegaba hasta perseguirlos en ciudades extranjeras.
12»Con este fin iba a Damasco, con la potestad y autorización de los príncipes de los sacerdotes, 13y al mediodía vi en el camino, rey, una luz del cielo, más brillante que el sol, que me envolvió a mí y a los que me acompañaban. 14Caímos todos a tierra y escuché una voz que me decía en hebreo: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa es para ti dar coces contra el aguijón». 15Yo contesté: «¿Quién eres, Señor?» Y el Señor me dijo: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues. 16Pero levántate y ponte en pie, porque me he dejado ver por ti para hacerte ministro y testigo de lo que has visto y de lo que todavía te mostraré. 17Yo te libraré de tu pueblo y de los gentiles a los que te envío, 18para que abras sus ojos y así se conviertan de las tinieblas a la luz y del poder de Satanás a Dios, y reciban el perdón de los pecados y la herencia entre los santificados por la fe en mí».
19»Así pues, rey Agripa, no fui desobediente a la visión celestial, 20sino que primero a los de Damasco y Jerusalén, y luego por toda la región de Judea y a los gentiles, comencé a predicar que se arrepintieran y se convirtieran a Dios con obras dignas de penitencia. 21Por este motivo intentaron matarme los judíos cuando me apresaron en el Templo. 22Con la ayuda de Dios he permanecido hasta este día predicando a pequeños y grandes, sin enseñar otras cosas que las que los Profetas y Moisés dijeron que iban a suceder: 23que el Cristo debía padecer y, después de ser el primero en resucitar de entre los muertos, iba a anunciar la luz al pueblo y a los gentiles.
24Mientras se defendía de este modo, dijo Festo en alta voz:
—Estás loco, Pablo. Las muchas letras te han hecho perder el juicio.
25Pablo contestó:
—No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que digo cosas verdaderas y sensatas. 26Bien sabe estas cosas el rey a quien hablo sinceramente, porque no creo que ninguna le sea desconocida, pues no son cosas que hayan ocurrido en un rincón. 27¿Crees, rey Agripa, en los Profetas? Yo sé que crees.
28Agripa contestó a Pablo:
—Un poco más y me convences de que me haga cristiano.
29Pablo respondió:
—Quisiera Dios que, con poco o con mucho, no sólo tú sino todos los que me escuchan hoy se hicieran como yo, pero sin estas cadenas.
30Se levantaron el rey, el procurador, Berenice y todos los que se sentaban con ellos; 31y al retirarse comentaban unos con otros:
—Este hombre no ha hecho nada que merezca muerte o prisión.
32Agripa le dijo a Festo:
—Podría ser puesto en libertad si no hubiera apelado al César.
27Hch1Cuando se decidió que emprendiésemos la navegación rumbo a Italia, Pablo y algunos otros presos fueron confiados a un centurión de la cohorte Augusta, que se llamaba Julio. 2Embarcamos en una nave de Adramicio que iba a zarpar hacia puertos de Asia y nos hicimos a la mar, llevando con nosotros a Aristarco, macedonio de Tesalónica. 3Al día siguiente llegamos a Sidón, y Julio, tratando a Pablo con humanidad, le permitió visitar a sus amigos y proveerse de lo necesario. 4Partimos de allí y, a causa de vientos contrarios, navegamos a lo largo de Chipre, 5y a través de los mares de Cilicia y Panfilia, arribamos a Mira de Licia. 6Allí encontró el centurión una nave alejandrina que se dirigía a Italia y nos trasladó a ella. 7Durante varios días navegamos con lentitud y llegamos con dificultad frente a Gnido. Dado que el viento nos era contrario, navegamos al abrigo de Creta cerca de Salmone. 8A duras penas costeamos la isla hasta llegar a un lugar llamado Puertos Buenos, junto al que está la ciudad de Lasea.
9Transcurrido bastante tiempo, como la navegación se hacía peligrosa, pues había pasado ya el Ayuno, Pablo les advirtió:
10—Veo, amigos, que la navegación va a traer peligros y serios daños no sólo para la carga y la nave, sino también para nuestras vidas.
11Pero el centurión hizo más caso al piloto y al patrón que a las palabras de Pablo. 12Como el puerto no resultaba apropiado para pasar el invierno, la mayoría decidió hacerse a la mar desde allí, por si lograban llegar a Fénica, un puerto de Creta que mira al sudoeste y al noroeste, para pasar el invierno.
13Comenzó a soplar el viento del sur y pensaron que podían realizar su propósito, de modo que levaron anclas y fueron costeando de cerca la isla de Creta. 14Pero no mucho tiempo después se desató contra ella un viento huracanado llamado Euroaquilón. 15Arrastrada la nave e incapaz de resistir el viento, quedó al capricho de las olas, y comenzamos a ir a la deriva. 16Navegamos a sotavento de una pequeña isla que se llamaba Cauda y a duras penas conseguimos hacernos con el esquife. 17Después de izarlo, usaron los cables de refuerzo para ceñir el casco de la nave por debajo. Y por miedo a chocar contra la Sirte plegaron las velas y se dejaron ir a la deriva. 18Como el temporal nos sacudía violentamente, al día siguiente aligeraron la nave, 19y al tercer día, con sus propias manos, arrojaron los aparejos al mar. 20Durante varios días no aparecieron el sol ni las estrellas, y dado que nos venía encima una tempestad no pequeña, habíamos perdido ya toda esperanza de salvarnos.
21Llevábamos largo tiempo sin comer, y entonces Pablo se alzó en medio de ellos y dijo:
—Mejor hubiera sido, amigos, escucharme y no habernos hecho a la mar desde Creta, porque habríamos evitado estos peligros y estos daños. 22Pero ahora los invito a tener buen ánimo, porque ninguno de ustedes morirá; sólo se perderá la nave. 23Esta noche se me ha aparecido un ángel del Dios a quien pertenezco y a quien sirvo, 24y me ha dicho: «No temas, Pablo; tienes que comparecer ante el César, y Dios te ha concedido la vida de todos los que navegan contigo». 25Por lo tanto, amigos, tengan ánimo. Confío en Dios que ocurrirá tal como se me ha dicho. 26Vamos a dar con alguna isla.
27La decimocuarta noche que íbamos a la deriva por el Adriático, los marineros, a eso de la medianoche, empezaron a presentir que se acercaban a tierra firme. 28Echaron la sonda y descubrieron que había veinte brazas, y después de avanzar un poco sondearon de nuevo y descubrieron quince brazas. 29Temerosos de que chocásemos contra algunos escollos, echaron cuatro anclas desde popa y esperaron a que amaneciera. 30Como los marineros querían abandonar la nave —y habían arriado ya el esquife al mar con el pretexto de echar las anclas de proa—, 31Pablo les dijo al centurión y a los soldados:
—Si éstos no permanecen en la nave, ustedes no podrán salvarse.
32Entonces los soldados cortaron las amarras del esquife y lo dejaron caer.
33Mientras amanecía, Pablo invitó a todos a tomar alimento:
—Llevan hoy catorce días llenos de tensión y en ayunas sin haber comido nada; 34por eso, los animo a que tomen alimento, pues es necesario para que se salven; porque ninguno de ustedes perderá ni un solo cabello de la cabeza.
35Dicho esto, tomó pan, dio gracias a Dios delante de todos, lo partió y empezó a comer. 36Todos los demás se animaron y tomaron también alimento. 37Estábamos en la nave un total de doscientas setenta y seis personas. 38Después de haber comido hasta quedar satisfechos, aligeraron la nave arrojando el trigo al mar.
39Cuando se hizo de día no reconocían la tierra; sólo divisaban una ensenada con su playa, hacia la que pensaban empujar la nave, si fuera posible. 40Soltaron las anclas para dejarlas caer al mar y aflojaron simultáneamente las amarras de los timones. Izaron después la vela de proa y empujados por la brisa se dirigieron hacia la playa. 41Pero al tropezar contra un banco de arena, bañado a ambos lados por el mar, encalló la nave, de modo que la proa, clavada, quedó inmóvil, mientras que la popa se deshacía por la violencia de las olas. 42Los soldados decidieron entonces matar a los presos, por si alguno escapaba a nado; 43pero el centurión, que deseaba salvar a Pablo, les prohibió tal resolución, y mandó que los que sabían nadar fueran los primeros en echarse al agua para ganar la orilla, 44y que los demás lo hicieran unos sobre tablas y otros con restos de la nave. De este modo todos llegaron a salvo a tierra.
28Hch1Una vez a salvo, supimos que la isla se llamaba Malta. 2Los nativos tuvieron con nosotros una humanidad poco común. Hicieron una hoguera, a causa de la lluvia que caía y del frío, y nos recibieron a todos. 3Pablo había reunido un montón de ramas secas y, al colocarlas en la hoguera, una víbora que huía del calor lo mordió en la mano. 4Cuando los nativos vieron al animal colgando de su mano, se dijeron unos a otros:
—Seguramente este hombre es un asesino que, aunque ha escapado del mar, la Justicia no le permite vivir.
5Entonces él sacudió el animal sobre el fuego y no sufrió daño alguno. 6Esperaban ellos que se hinchara o cayera muerto de repente. Pero después de esperar un tiempo y ver que nada malo le ocurría, cambiaron de parecer y decían que era un dios.
7Por aquellos lugares tenía unas propiedades el hombre principal de la isla, llamado Publio, que nos acogió y hospedó amablemente tres días. 8Coincidió que el padre de Publio se hallaba en cama, aquejado de fiebres y disentería. Pablo entró a verle, oró, le impuso las manos y lo curó. 9Como había ocurrido esto, se presentaron también otros enfermos de la isla y fueron curados. 10Nos trataron con todo tipo de consideraciones y cuando nos embarcamos nos facilitaron todo lo necesario.
11Pasados tres meses nos hicimos a la mar en una nave alejandrina que había invernado en la isla y llevaba los Dioscuros como enseña. 12Llegamos a Siracusa y permanecimos tres días. 13Desde allí, costeando, arribamos a Regio. Al día siguiente se levantó viento del sur y a los dos días llegamos a Putéoli. 14Encontramos allí algunos hermanos, que nos rogaron que permaneciéramos con ellos siete días. Y así nos dirigimos a Roma. 15Los hermanos, al enterarse de nuestra llegada, vinieron desde allí a nuestro encuentro hasta el Foro Apio y Tres Tabernas. Al verlos, Pablo dio gracias a Dios y cobró ánimos.
16Cuando llegamos a Roma, le fue permitido a Pablo vivir por cuenta propia con un soldado que lo custodiara.
17Tres días después convocó a los principales judíos, y cuando se reunieron les dijo:
—Hermanos, sin haber hecho nada contra el pueblo ni contra las tradiciones de los padres fui apresado en Jerusalén y entregado en manos de los romanos, 18que después de interrogarme querían ponerme en libertad por no haber en mí ninguna causa de muerte. 19Y ante la oposición de los judíos, me vi obligado a apelar al César, pero no para acusar de nada a los de mi nación. 20Por esta razón les he pedido verlos y hablarles, pues llevo estas cadenas por la esperanza de Israel.
—Nosotros no hemos recibido de Judea ninguna carta que nos hable de ti, ni ha llegado ningún hermano que nos haya comunicado o hablado nada malo de ti. 22Deseamos, sin embargo, escuchar de ti mismo lo que piensas, pues de esa secta sabemos que en todas partes se la contradice.
23Concertaron con él un día y acudieron muchos a la casa en que se alojaba. Desde la mañana hasta la tarde, él les explicaba el Reino de Dios dando testimonio y tratando de convencerlos sobre Jesús mediante la Ley de Moisés y los Profetas. 24Unos aceptaron con fe lo que decía, pero otros no creyeron. 25Cuando se marchaban divididos entre sí, Pablo tan solo dijo estas palabras:
—Con razón habló el Espíritu Santo a sus padres por medio del profeta Isaías:
26Ve a este pueblo y dile:
«Con el oído oirán, pero no entenderán,
con la vista mirarán, pero no verán.
27Porque se ha embotado el corazón de este pueblo,
han hecho duros sus oídos,
y han cerrado sus ojos;
no sea que vean con los ojos,
y oigan con los oídos,
y entiendan con el corazón y se conviertan,
y yo los sane».
28Sepan, por tanto, que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles. Ellos sí la oirán. (29)
30Pablo permaneció dos años completos en el lugar que había alquilado, y recibía a todos los que acudían a él. 31Predicaba el Reino de Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesucristo con toda libertad y sin ningún estorbo.