COMENTARIO
San Pablo, como hizo Jesús en su vida terrena, marcha con determinación hacia Jerusalén sabedor de lo que allí iba a acontecer. Las palabras y avisos del Espíritu Santo (vv. 4.11; cfr 20,23) refuerzan en Pablo la prontitud para aceptar la voluntad divina y soportar las dificultades que se le anuncian (v. 13; cfr 20,23-24). La serenidad del Apóstol contrasta con la turbación, explicable por el afecto, de quienes le rodean. Una larga vida de entrega y olvido de sí mismo ha hecho posible la calma sobrenatural en los momentos decisivos. «La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. —Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 758).
El ejemplo de Pablo logra impresionar a los discípulos y les mueve a aceptar lo que Dios haya dispuesto, con una expresión que recuerda las palabras de Jesús en Getsemaní (v. 14; cfr Lc 22,42): «Está el todo o gran parte —escribe Santa Teresa de Jesús— en perder cuidado de nosotros mismos y de nuestro regalo, que quien de verdad comienza a servir al Señor lo menos que le puede ofrecer es la vida; pues le ha dado su voluntad, ¿qué teme?» (Camino de perfección 12,1).