COMENTARIO
Unos judíos venidos de la provincia romana de Asia (v. 27), probablemente de Éfeso (cfr v. 29), para la fiesta de Pentecostés (cfr 20,16) soliviantan a la multitud contra Pablo. Le acusan, falsamente, de profanar el Templo por haber introducido en él a unos paganos. La ley judía castigaba con pena de muerte a cualquier gentil que traspasara el pequeño muro que separaba el atrio de los gentiles de los atrios interiores, pero como dice el texto (v. 29), Pablo no había introducido a Trófimo en el Templo. En el tono general, las acusaciones que vierten contra el Apóstol (v. 28) son muy semejantes a las lanzadas en su día contra el Señor (cfr Mt 26,61; 27,40) y contra Esteban (cfr 6,11-14).
La intervención de los soldados romanos libra a Pablo de una muerte cierta (vv. 31-36). El cabecilla egipcio (v. 38) es mencionado también por el historiador judío Flavio Josefo (De bello iudaico 2,261-263). Los «sicarios» eran llamados así por llevar un puñal (sica en latín); junto con los zelotas serían, años después, los más violentos en la guerra contra Roma. El Apóstol confía una vez más en la palabra llena de la fuerza de Dios, y no se conforma con reproches ni silencios (vv. 39-40), porque sabe que «la verdad no se predica con espadas y lanzas, ni por medio de soldados, sino con la persuasión y el consejo» (S. Atanasio, Historia Arianorum 33).
Con el episodio del arresto de Pablo se inicia un nuevo argumento que Lucas describirá con detalle: la prisión del Apóstol (21,33-22,29), su procesamiento en Jerusalén y Cesarea (caps. 23-26), y el viaje a Roma (27,1-28,16) para comparecer ante el tribunal imperial. A partir de este momento Pablo no será tanto el misionero y fundador infatigable de iglesias como el testigo encadenado del Evangelio. Pero también en las nuevas circunstancias continúa su tarea de anunciar a Cristo.