COMENTARIO

 Hch 22,1-21 

Lucas refiere el discurso de Pablo a los judíos de Jerusalén: es la primera de las tres defensas personales (cfr 24,10-21; 26,1-23) en las que el Apóstol procura mostrar que el cristianismo no merece la hostilidad judía ni el recelo romano. Se presenta a sus oyentes como lo que es: un judío lleno de respeto hacia su pueblo y sus tradiciones sagradas. Desea vivamente que sus hermanos de raza comprendan que si ahora sigue a Jesús hay motivos decisivos e irresistibles que le han movido a ello: «Muchos —dice Orígenes— han venido al cristianismo como si fuera contra su voluntad, pues cierto espíritu, apareciéndoseles en sueños o despiertos, mudó súbitamente su mente y, de odiar al Verbo, pasaron a morir por Él» (Contra Celsum 1,46).

El discurso no es, sin embargo, una apología propiamente dicha. Su intención principal no es responder a las acusaciones de sacrilegio, sino aprovechar la ocasión para dar testimonio de Jesucristo, cuyos mandatos legitiman su propia conducta. Las palabras de Pablo son en realidad un llamamiento a los oyentes para que escuchen y obedezcan la voz del Señor.

En el relato de su vocación camino de Damasco, hay algunas peculiaridades respecto de los otros dos (9,3-19; 26,9-18). Así, por ejemplo, Pablo especifica que la visión sucedió al mediodía, y que Jesús se llama a sí mismo «Nazareno». De todas formas, lo más significativo es que el Apóstol recuerda ahora su regreso a Jerusalén —a los tres años de su conversión (cfr Ga 1,18)— y menciona deliberadamente su costumbre de orar en el Templo. Habla de un éxtasis y de una visión de Jesús (vv. 17-21) en la que le encomienda la misión a los gentiles. Es significativo que la visión del Señor no tenga por fin consolar, sino encargar una empresa: «Siempre hemos visto que los que más cercanos anduvieron a Cristo nuestro Señor fueron los de mayores trabajos: miremos los que pasó su gloriosa Madre y los gloriosos apóstoles. ¿Cómo pensáis que pudiera sufrir San Pablo tan grandísimos trabajos? Por él podemos ver qué efectos hacen las verdaderas visiones y contemplación, cuando es de nuestro Señor y no imaginación o engaño del demonio. ¿Por ventura escondióse con ellas para gozar de aquellos regalos y no entender en otra cosa? Ya lo veis, que no tuvo día de descanso, a lo que podemos entender, y tampoco le debía tener de noche, pues en ella ganaba lo que había de comer» (Sta. Teresa de Jesús, Moradas 7,4,5).

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