COMENTARIO
En el discurso ante Agripa, Pablo narra de nuevo las circunstancias de su vocación. La llamada y misión del Apóstol (vv. 16-18) se describen de modo semejante a la vocación de los profetas de Israel (cfr Ez 2,1; Is 42,6s.). Dios da a conocer con majestad su designio, en forma de un incomparable requerimiento que modifica radicalmente la existencia del elegido. Sin embargo, esta descripción tiene un matiz propio, ya que San Pablo es «testigo» (v. 16) como lo eran los Once Apóstoles (cfr 1,8.22; 3,15; etc.).
En la segunda parte del discurso (vv. 19-23), Pablo expone los motivos de su conducta. Afirma ante los oyentes que no ha abrazado el cristianismo ciegamente, sino fundado en una profunda y razonable convicción. Explica su cambio interior como docilidad y obediencia a la voz divina que le ha hablado (v. 19). Lo ocurrido a Pablo se repite de modos diferentes —generalmente menos intensos y dramáticos— en la vida de cada hombre. El Señor nos llama y nos invita en determinados momentos a una nueva conversión que nos arranque del pecado o de la tibieza. Es necesario entonces saber oír la llamada y obedecerla. «Conviene que dejemos que el Señor se meta en nuestras vidas, y que entre confiadamente, sin encontrar obstáculos ni recovecos. Los hombres tendemos a defendernos, a apegarnos a nuestro egoísmo. Siempre intentamos ser reyes, aunque sea del reino de nuestra miseria. Entended, con esta consideración, por qué tenemos necesidad de acudir a Jesús: para que Él nos haga verdaderamente libres y de esa forma podamos servir a Dios y a todos los hombres» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 17).
Del relato emerge también la diligencia con que Pablo ha procurado corresponder a la gracia que se le otorgó (cfr v. 22). La conducta del Apóstol queda así como ejemplo para todo cristiano: «La gracia del Espíritu Santo —escribe San Gregorio de Nisa— se concede a cada hombre con la idea de que debe aumentar e incrementar lo que recibe» (De instituto christiano). Es semejante al pensamiento expresado por Santa Teresa de Jesús cuando escribe que «es menester sacar fuerzas de nuevo para servir, y procurar no ser ingratos, porque con esa condición las da el Señor; que si no usamos bien del tesoro y del gran estado en que nos pone, nos lo tornará a tomar y quedarnos hemos muy más pobres, y dará Su Majestad las joyas a quien luzca y aproveche con ellas a sí y a los otros» (Vida 10,6).