COMENTARIO
Festo, perplejo, juzga desvaríos las palabras de Pablo. Parece albergar cierta simpatía hacia el Apóstol pero no le comprende. Es la sabiduría divina que tantas veces parece locura a los ojos humanos (cfr 1 Co 2,6-16). «Consideraba locura que un hombre encadenado no hablara de las calumnias que le hostigan desde fuera sino de las convicciones que le iluminan por dentro» (S. Beda, Expositio Actuum Apostolorum, ad loc.).
El afán apostólico de Pablo que se trasluce en este episodio no ha dejado de encender el celo de quienes lo leen: «Admirad (…) el comportamiento de San Pablo. Prisionero por divulgar el enseñamiento de Cristo, no desaprovecha ninguna ocasión para difundir el Evangelio (…). El Apóstol no calla, no oculta su fe, ni su propaganda apostólica que había motivado el odio de sus perseguidores: sigue anunciando la salvación a todas las gentes. (…) ¿De dónde sacaba San Pablo esta fuerza? Omnia possum in eo qui me confortat! (Flp 4,13), todo lo puedo, porque sólo Dios me da esta fe, esta esperanza, esta caridad» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 270-271.).
Al final (vv. 30-32), se declara de nuevo la inocencia de Pablo por jueces imparciales. Sin embargo, declararlo inocente y liberarlo a pesar de haber apelado al César hubiera resultado ofensivo tanto a los judíos como al emperador.