COMENTARIO

 Hch 27,1-44 

El relato del viaje marítimo de San Pablo (27,1-28,16) ha sido juzgado, por la precisión de su lenguaje, como un documento de primer orden para conocer la náutica antigua. Es exacto y detallado en sus pormenores. Los trazos, muy expresivos, y en primera persona del plural hasta el final del libro, recogen los recuerdos, y quizás las anotaciones, de un testigo presencial que acompañó al Apóstol en la singladura. La nave alejandrina en la que embarcaron (v. 6) debía de ser de las que transportaban trigo de Egipto a Roma. Eran anchas y pesadas, con mástiles y puente sobre la cubierta y escotillas de descenso a la bodega, donde también se refugiaban los pasajeros cuando hacía mal tiempo. En aquella época la navegación por alta mar se consideraba insegura a partir de mediados de septiembre, y quedaba suspendida desde primeros de noviembre hasta marzo. El «Ayuno», (v. 9) corresponde al gran día de la Expiación (cfr Lv 16,29-31) que, en el año 60, se debió de dar a finales de octubre. Pablo había sufrido ya entonces tres naufragios (cfr 2 Co 11,25); tenía, pues, experiencia sobre lo arriesgado del viaje, pero la mayoría (v. 12) puso esperanza en alcanzar un puerto más adecuado para invernar.

El relato resalta la especial providencia de Dios con Pablo (vv. 24.44) y la solícita preocupación del Apóstol por sus compañeros de viaje (vv. 34-36), no siempre correspondida por ellos (v. 42). Estas circunstancias han sido interpretadas en la Tradición de la Iglesia espiritualmente con una aplicación a la vida de los fieles: «¿Por qué Dios no salvó el navío del naufragio? Para que los ocupantes entendieran mejor la gravedad del peligro y que su salvación no era consecuencia de un auxilio humano sino del brazo de Dios, que les conservaba la vida después del hundimiento del barco. Así, los justos se encuentran bien en las tormentas y tempestades, en alta mar o en un golfo revuelto, porque están al abrigo de todo, y son incluso los salvadores de los demás. Sobre un navío en peligro de ser engullido por las aguas, los prisioneros encadenados y toda la tripulación deben su salvación a la presencia de Pablo. Aprende la ventaja de vivir en compañía de una persona piadosa y santa. Tempestades interiores más frecuentes y funestas nos baten en la brecha. Dios nos puede librar si somos tan inteligentes como los marineros y hacemos caso del consejo de los santos (…). Aunque estemos en medio de tempestades seremos librados de los peligros; aunque hubiéramos permanecido catorce días ayunos, permaneceremos con vida; aunque caigamos en tinieblas y oscuridad, si creemos en Él seremos liberados» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 53,4-5).

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