COMENTARIO

 Hch 28,17-28 

Pablo debió de llegar a Roma hacia el año 61. Se le permitió ocupar un alojamiento propio. Disfrutó por tanto de la llamada custodia militaris —como detención preventiva antes del juicio—, que le exigía solamente mantenerse bajo la continua vigilancia de un soldado. Fiel a su costumbre misionera, Pablo se dirige inmediatamente a los judíos de Roma. El resultado de su predicación es el mismo que en otras ocasiones (v. 24; cfr 13,46; 18,6). Por eso, ante la repulsa por parte de muchos judíos, Pablo se proclama libre de la obligación que se impuso de anunciar primero el Evangelio a los hebreos (v. 28). Sus palabras sugieren que los cristianos han comprendido el sentido de las promesas hechas por Dios al pueblo elegido, y que ellos son realmente el verdadero Israel. Los discípulos de Cristo no han abandonado la Ley; son más bien los judíos quienes no han reconocido el camino por el que son nación elegida. «Nosotros somos el pueblo de Israel verdadero y espiritual —escribe San Justino—, la raza de Judá, y de Jacob, y de Isaac y de Abrahán, el que fue por Dios atestiguado viviendo aún incircunciso, el que fue bendecido y llamado padre de muchas naciones» (Dialogus cum Tryphone 11,5).

Algunos manuscritos añaden (v. 29): «Una vez dicho esto, los judíos se marcharon, discutiendo vivamente entre sí».

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