COMENTARIO
El Apóstol, inspirándose tal vez en el texto de Sb 13,1-9 y la situación que ha percibido en las ciudades helenísticas (quizá de manera especial en la misma ciudad de Corinto desde donde escribe la carta), expone la situación de los gentiles en dos etapas: en la primera (vv. 18-23) hace ver la idolatría culpable en la que se encuentran; en la segunda (vv. 24-32) habla de las consecuencias que se derivan de ella.
Pablo enseña que Dios es cognoscible a partir de las obras de la creación, pero el hombre, cayendo en la idolatría, se ha convertido en un necio (v. 22) y le ha rechazado. Como consecuencia, incurre en la «ira de Dios» (v. 18). Esa «ira» no ha de entenderse como venganza, sino como una manera de expresar que quienes se apartan de Dios son castigados por Él. Como dice Santo Tomás de Aquino, «se atribuye a Dios la ira y otras pasiones, por analogía con los efectos de sus acciones; y, así, puesto que lo propio del airado es castigar, al castigo de Dios se le llama metafóricamente ira» (Summa theologiae 1,3,2 ad 2). De todas formas, conviene recordar que cuando se dice que Dios castiga ha de entenderse que lo hace como un padre que corrige a sus hijos. Por eso, así como «justicia de Dios» significa la acción divina por la que salva al hombre pecador, infundiéndole su gracia, la «ira» manifiesta de alguna manera la actitud paternal de Dios ante quien se obstina en el pecado. La «injusticia» (v. 18) de la que aquí se habla se refiere al rechazo de la verdad sobre Dios, ya que todos los hombres pueden conocer su existencia de manera natural. Cómo se compaginan en Dios su designio de salvación de los pecadores (la «justicia» como deseo de salvación) con el castigo de los pecados (la «ira de Dios») es un misterio en el que se conjugan la perfecta justicia de Dios, su más grande misericordia y la libertad del hombre.
Este pasaje no afirma que todos los gentiles son corruptos. Emite un juicio global a partir de la experiencia y del legado sapiencial del Antiguo Testamento y, sobre todo, de la revelación de Jesucristo.
Apoyada en los vv. 19-20 y otros pasajes bíblicos (Sb 13,1-9; Hch 14,15-17; 17,24-29), la Iglesia enseña la posibilidad del conocimiento natural de Dios a partir de la creación material: «Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana partiendo de las cosas creadas» (Conc. Vaticano I, Dei Filius, cap. 2). «El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin. Así, por estas diversas “vías”, el hombre puede acceder al conocimiento de la existencia de una realidad que es la causa primera y el fin último de todo, “y que todos llaman Dios” (Sto. Tomás de Aquino, S. th. 1,2,3)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 34). cfr nota a Sb 13,1-9.
Los vv. 24-27 ponen de manifiesto la relación que existe entre el rechazo de Dios y la inmoralidad, y en especial la homosexualidad. «Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen de esta anomalía son del todo responsables, personalmente, de sus manifestaciones; pero atestigua que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y que no pueden recibir aprobación en ningún caso» (Congr. Doctrina de la Fe, Persona humana, n. 8). cfr Jds 7.