COMENTARIO

 Sb 13,1-9 

Es el gran texto bíblico sobre la prueba de la existencia de Dios por «analogía». Constituye una profunda crítica de muchas de las filosofías divulgadas en su época y del culto a las fuerzas de la naturaleza —«elementos»— y de los astros (cfr notas a 11,1-12,2). El razonamiento es original en el Antiguo Testamento y será desarrollado en el Nuevo en Rm 1,18-32. A partir de estos pasajes de Sabiduría y de la Carta a los Romanos, la doctrina de la Iglesia enseña la posibilidad del conocimiento natural de Dios a partir de la contemplación de los seres de la creación visible: «El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin. Así, por estas diversas “vías”, el hombre puede acceder al conocimiento de la existencia de una realidad que es la causa primera y el fin último de todo, “y que todos llaman Dios” (S. Tomás de A., S.Th. 1,2,3)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 34).

El Magisterio de la Iglesia ha insistido, especialmente a partir del Concilio Vaticano I, en que «Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza a partir de las cosas creadas con la luz natural de la razón humana» (Conc. Vaticano I, Dei Filius, cap. 2). Por su parte, el Concilio Vaticano II ha vuelto a recordar que «la Sagrada Escritura enseña que el hombre ha sido creado “a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador», y añade que «la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor» (Gaudium et spes, nn. 12 y 19).

La razón natural, por designio misericordioso de Dios, viene ayudada por la Revelación sobrenatural, que no la contradice ni la anula, sino que la eleva y la ilumina: «Para que el hombre pueda entrar en la intimidad de [Dios] Él ha querido revelarse al hombre y darle la gracia de poder acoger en la fe esa revelación. Sin embargo, las pruebas de la existencia de Dios pueden disponer a la fe y ayudar a ver que la fe no se opone a la razón humana» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 35).

La misma creación entra dentro de la Revelación —natural— de Dios: «Antes de revelarse al hombre en palabras de verdad, Dios se revela a él mediante el lenguaje universal de la Creación, obra de su Palabra, de su Sabiduría: el orden y la armonía del cosmos, que percibe tanto el niño como el hombre de ciencia, “pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor” (Sb 13,5), “pues fue el Autor mismo de la belleza quien las creó” (Sb 13,3)» (ibidem, n. 2500). Desarrollando estas verdades explica San Juan Pablo II: «Se reconoce así un primer paso de la Revelación divina, constituido por el maravilloso “libro de la naturaleza”, con cuya lectura, mediante los instrumentos propios de la razón humana, se puede llegar al conocimiento del Creador» (Fides et ratio, n. 19).

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