COMENTARIO

 Rm 7,1-6 

Vuelve al tema de la Ley mosaica. Aunque ésta no puede ser equiparada al pecado, no obstante podía «despertar» las bajas pasiones (ver nota a 7,7-13). El Apóstol enseña que por el Bautismo, el cristiano, que ha participado de la muerte de Cristo, está «muerto» para la Ley (representada en los vv. 2-3 como el marido), se encuentra libre de ella. Libre, sin embargo, para el bien, para «dar fruto para Dios», frutos de vida santa, en virtud de la unión con Cristo (v. 4).

La gracia de la cruz nos libera de la tiranía del pecado para que podamos aspirar a servir a Dios voluntariamente, no por miedo al castigo sino por amor filial. Ésta es la libertad de espíritu que hemos de vivir los cristianos: hacemos lo que Dios quiere, porque nosotros también lo queremos. «Pensad que el Todopoderoso, el que con su Providencia gobierna el Universo, no desea siervos forzados, prefiere hijos libres. Ha metido en el alma de cada uno de nosotros —aunque nacemos proni ad peccatum, inclinados al pecado, por la caída de la primera pareja— una chispa de su inteligencia infinita, la atracción por lo bueno, un ansia de paz perdurable. Y nos lleva a comprender que la verdad, la felicidad y la libertad se consiguen cuando procuramos que germine en nosotros esa semilla de vida eterna» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 33).

«Carne» (v. 5) indica tanto la debilidad humana y, por consiguiente, la sede de la concupiscencia, que incita al pecado, como la condición del hombre después del pecado original.

Volver a Rm 7,1-6