COMENTARIO

 Rm 8,1-13 

Ha quedado dicho que Jesucristo nos libera de la muerte y del pecado y nos trae la vida, pero ¿cómo he de vivir esta vida, si soy todavía carnal y la carne no se somete a la Ley de Dios? El Apóstol responde que hemos de vivir no con arreglo a la carne, sino de acuerdo con el Espíritu de Dios que resucitó a Cristo.

Primero señala que la criatura humana no podía librarse del pecado por sí misma, ni siquiera con la ayuda de la Ley antigua (vv. 1-4). Pero —añade— lo imposible a los hombres no lo es para Dios que, de hecho, nos liberó del pecado enviando a su propio Hijo para que venciera con su muerte al pecado. Nosotros, por los méritos de Cristo y la participación en su Resurrección, podemos también vencer el pecado.

Jesucristo, al asumir la naturaleza humana, quiso tomar una carne semejante a la del pecado, aunque no el pecado mismo, sujetándose a las penalidades de esta vida. Estas penalidades —el hambre, el cansancio, el sufrimiento y sobre todo la muerte— constituyen la «carne pecadora» (v. 3). Al asumirlas, Cristo las redimió convirtiéndolas en camino de santidad, de modo que a través de ellas nosotros podemos identificarnos con Él.

San Pablo especifica dos maneras en las que se puede vivir en este mundo (vv. 5-8). La primera es la vida según el Espíritu, con arreglo a la cual se busca a Dios por encima de todas las cosas y se lucha, con su gracia, contra las inclinaciones de la concupiscencia. La segunda es la vida según la carne, por la que el hombre se deja vencer por las pasiones. La vida según el Espíritu, que tiene su raíz en la gracia, no se reduce al mero estar pasivo y a unas cuantas prácticas piadosas. La vida según el Espíritu es un vivir según Dios que informa la conducta del cristiano: pensamientos, anhelos, deseos y obras se ajustan a lo que el Señor pide en cada instante y se realizan al impulso de las mociones del Espíritu Santo. «Es necesario someterse al Espíritu —comenta San Juan Crisóstomo—, entregarnos de corazón y esforzarnos por mantener la carne en el puesto que le corresponde. De esta forma nuestra carne se volverá espiritual. Por el contrario, si cedemos a la vida cómoda, ésta haría descender nuestra alma al nivel de la carne y la volvería carnal (…). Con el Espíritu se pertenece a Cristo, se le posee (…). Con el Espíritu se crucifica la carne, se gusta el encanto de una vida inmortal» (In Romanos 13).

En el que vive según el Espíritu, vive Cristo mismo (v. 10; cfr Ga 2,20; 1 Co 15,20-23) y, por eso, puede esperar con certeza su futura resurrección (vv. 9-13). De ahí que Orígenes comente: «También cada uno debe probar si tiene en sí el Espíritu de Cristo. (…) Quien posee [la sabiduría, la justicia, la paz, la caridad, la santificación] está seguro de tener en sí el Espíritu de Cristo y puede esperar que su cuerpo mortal sea vivificado por la inhabitación en él del Espíritu de Cristo» (Commentarii in Romanos 6,13).

«El cuerpo está muerto a causa del pecado» (v. 10) significa que el cuerpo humano está destinado a la muerte por el pecado, como si ya estuviera muerto.

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