COMENTARIO

 Rm 9,1-13 

El ser descendientes de Jacob (Israel) era el fundamento de los privilegios divinos concedidos a los israelitas a lo largo de la historia. Sin embargo, San Pablo, mostrando un gran amor hacia los de su raza, enseña que la gran dignidad del pueblo elegido se pone de manifiesto más bien en que Dios quiso asumir una naturaleza humana de la raza hebrea (vv. 1-5). Jesucristo desciende de los israelitas «según la carne», y es a la vez verdadero Dios, porque es «sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos» (v. 5). Esta afirmación, a manera de doxología o glorificación de Dios, era un modo de ensalzar al Señor en el Antiguo Testamento (cfr Sal 41,14; 72,19; 106,48; Ne 9,5; Dn 2,20 etc.). Aplicada a Jesucristo constituye una de las fórmulas más expresivas de afirmar su divinidad. En otros textos paulinos se encuentran formulaciones parecidas, relativas al núcleo del misterio de la Encarnación: cfr 1,3-4; Flp 2,6-7; Col 2,9; Tt 2,13-14.

El hecho de que Dios escogiera a Isaac como hijo de la promesa, y a Jacob por encima del que tenía los derechos de primogenitura (Esaú), le sirve a Pablo para explicar que la llamada a los gentiles no es sorprendente, pues Dios elige conforme a la promesa y no según la carne (vv. 6-13). El verdadero Israel no es, por tanto, el que desciende de Abrahán «según la carne», sino el constituido por los lazos del Espíritu.

Ahondando en esta idea, Santo Tomás señala la diferencia entre nuestro modo de amar y el de Dios: «La voluntad del hombre se mueve al amor atraída por el bien que encuentra en la cosa amada y por eso la elige con preferencia a otra (…). La voluntad de Dios, en cambio, es la causa de cualquier bien que se encuentra en una criatura (…). De ahí que Dios no ame a un hombre por encontrar en él algo bueno que le mueva a escogerle, sino que más bien le antepone a los demás y lo escoge, porque lo ama» (Super Romanos, ad loc.). El ejemplo de Jacob, la vocación de los Apóstoles, la elección de San Pablo y de tantos otros en el transcurso de la historia muestran que Dios se complace en elegir precisamente a aquellos que a los ojos de los hombres pueden parecer menos aptos. «Te reconoces miserable. Y lo eres. —A pesar de todo —más aún: por eso— te buscó Dios. —Siempre emplea instrumentos desproporcionados: para que se vea que la “obra” es suya. —A ti sólo te pide docilidad» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 475).

La expresión «odié a Esaú» (v. 13) ha de entenderse según el modo de decir de la cultura semita que se encuentra en la Sagrada Escritura: Dios ama también a Esaú, pero comparado este amor con el de predilección por Jacob parece «odio». Se trata de un lenguaje de exageración para resaltar una enseñanza. También el Señor habla en el Evangelio a veces de modo parecido, como cuando compara el amor que se le debe a Él con el amor hacia los padres (cfr Mt 10,37 y nota a Lc 14,25-35). Dios ama a todas sus criaturas y no odia a nadie ni nada de lo que ha creado (cfr Sb 11,24).

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