COMENTARIO
San Pablo confirma con citas de la Escritura lo dicho hasta ahora. A partir de la vocación de Israel, explica la existencia de un misterio profundo: la predestinación. La elección del pueblo hebreo entre todos los pueblos (v. 15), el endurecimiento del Faraón (vv. 16-18), la salvación o reprobación individual representadas en la alegoría de la vasija de barro (vv. 20-26), son ejemplos que expresan el misterio. Dios, todopoderoso y omnisciente, no sólo conoce los acontecimientos futuros, sino que los dispone para la consecución del fin establecido: la Sabiduría divina, dice la Escritura, «alcanza con vigor de un confín a otro confín y gobierna todo con benignidad» (Sb 8,1). A la mente humana se le escapa cómo compaginar la infalibilidad del designio divino y la libertad humana. En esto consiste precisamente el misterio. En él se incluyen tres verdades: a) la absoluta libertad y generosidad de Dios al concedernos su gracia; b) la voluntad salvífica universal de Dios por la muerte de Cristo en la cruz; c) la libre correspondencia del hombre, con la que cuenta Dios y mueve y previene con su gracia. «Para Dios todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad. Por tanto establece su designio eterno de “predestinación” incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 600). Con San Agustín se puede decir que cuando los hombres siguen libremente el querer de Dios, aun cuando lo que hacen lo hagan voluntariamente, su voluntad, sin embargo, es de Aquel que dispone y manda lo que quieren (cfr In Ioannis Evangelium 19,19).
Pablo enseña que Dios no es injusto al distribuir su gracia de modo desigual entre los hombres (vv. 14-18). Tiene misericordia con quien quiere sin por eso dejar de ser justo. Con todo, si el hombre rechaza los dones en uso de su libertad, Dios respeta la decisión humana. Por eso, la expresión «endurece a quien quiere» (v. 18) hay que entenderla como una manera de hablar típicamente bíblica según la cual se atribuye a Dios lo que Él permite. Propiamente la responsabilidad del endurecimiento es exclusiva del pecador. Santo Tomás lo explica con una comparación: «El sol, aunque sea capaz de iluminar todos los objetos, si encuentra un obstáculo en algún cuerpo lo deja en tinieblas, como, cuando una casa tiene las ventanas cerradas. El sol no es causa de la oscuridad, porque no es por voluntad suya por lo que no entra la luz en el interior; la oscuridad se debe sólo al que cierra la ventana. Así, Dios, en su juicio, no infunde la luz de la gracia a los que interponen obstáculos» (Summa theologiae 1-2,79,3). De todos modos, Dios siempre ofrece oportunidades de conversión. Por eso, el salmista nos invita a no cerrar nuestro corazón a las invitaciones divinas: «¡Ojalá escuchéis hoy su voz! No endurezcáis vuestro corazón» (Sal 95,7-8).
La imagen del alfarero que modela el barro para hacer vasijas de variado uso (vv. 20-23) aparece en los Libros Sagrados con distintos simbolismos. En los profetas indica el poder divino sobre la historia: el alfarero es Dios y la vasija el pueblo elegido (cfr Is 29,16; 45,9; Jr 18,1ss.). En los libros sapienciales la idea se aplica a cada fiel, que está sometido a Dios como el barro en manos del alfarero, porque a todos los hombres los hizo del polvo de la tierra (cfr Si 33,10-13; Sb 15,7). Con esta imagen Pablo enseña que no se puede pedir cuentas a Dios por su actuación (vv. 19-26); la Voluntad divina está muy por encima de lo que el hombre puede comprender; pero contamos con la seguridad de que Dios quiere siempre nuestro bien. Con todo, no quedan mermadas nuestra libertad y responsabilidad personales.
Finalmente, el Apóstol muestra cómo el verdadero Israel no es el que desciende de Abrahán «según la carne» (cfr 9,7) y que buscaba justificarse por sus obras y no por la fe; el verdadero Israel es el «resto» del que habían hablado los profetas (vv. 27-28; cfr 11,4): como Abrahán, el resto vivía de la fe, lo mismo que los gentiles que habían aceptado el Evangelio. Así, la Iglesia, formada por una porción de Israel y otra de los gentiles, es el verdadero Israel, que se constituye a partir de la roca anunciada en la Escritura (v. 33), Cristo, no por lazos de la sangre sino del Espíritu (vv. 30-33).