COMENTARIO

 Rm 10,1-21 

Parece que la intención de Pablo es mostrar cómo la omnipotencia de Dios es capaz de sacar de los grandes males —la infidelidad de Israel— mayores bienes —la llamada de los gentiles—. El Apóstol señala que los israelitas —al buscar la justificación por el cumplimiento de las obras de la Ley— no han sabido reconocer que Dios justifica al que cree en Cristo, cuando precisamente la Ley había sido dada para aceptar a Cristo (vv. 1-4). Muestra además que los judíos no tienen excusa para no invocar a Cristo como Señor, ya que si no creen en Él no es porque la predicación evangélica no les haya llegado, sino por su falta de comprensión y de correspondencia a la llamada de Dios. Pablo refuerza sus afirmaciones con textos del Antiguo Testamento, aducidos como prueba según el uso rabínico de su tiempo.

En los vv. 5-8, el Apóstol enseña que, si la Ley dada a Moisés manifestaba la voluntad divina y hacía más accesible su cumplimiento, la fe en Cristo ha abierto un camino más fácil para llegar a Dios. Jesucristo, al descender del cielo en la Encarnación y al resucitar de entre los muertos y subir al Cielo, ha cumplido la profecía de Moisés que anunciaba la cercanía de la palabra de Dios (cfr Dt 30,12-14): tras llevar a cabo su obra redentora, Cristo se encuentra cerca de los que creen en Él.

Los vv. 9-10 muestran que es necesario aceptar internamente la divinidad de Jesucristo, y profesarla verbalmente. Se señala así la necesidad de la confesión o «profesión de la fe», como es práctica general de la Iglesia desde los comienzos hasta hoy. El título de «Señor» (hebreo Adonai), nombre con que los judíos, a partir del s. III a.C., suelen sustituir el de Yhwh (que no se pronunciaba por respeto), se aplica aquí a Jesucristo, expresando así su divinidad. El sujeto del verbo «confesar» en segunda persona, en el v. 9, no hace distinción entre judío o griego (cfr v. 12). Se cumple así lo profetizado por Joel (v. 13).

Siguiendo con su razonamiento, en los vv. 14-21, San Pablo deja poco espacio de excusa a los judíos que no creen en Cristo: el Evangelio («Buena Nueva») fue proclamado antiguamente por los profetas (v. 15: cfr Is 52,7) y se ha difundido por todas partes (v. 18: cfr Sal 19,5), pero los judíos no lo han creído (vv. 16.21: cfr Is 53,1; 65,2). Ni siquiera hicieron caso a las advertencias de Moisés (v. 19: cfr Dt 32,21). En cambio, Dios fue encontrado por los que no le buscaban (v. 20: cfr Is 65,1-2).

Las palabras de los vv. 14-15 constituyen un precioso estímulo a extender la palabra de Dios, continuando la tarea que el Señor dio a sus Apóstoles (cfr Mc 16,15-16). «Hablando de los pies, se refiere a la venida de los Apóstoles, recorriendo el mundo, predicando la llegada del Reino de Dios. Pues su venida iluminaba a la humanidad, enseñándoles el camino de la paz hacia Dios» (Ambrosiaster, Ad Romanos, ad loc.). Como los Apóstoles, los discípulos de Cristo debemos seguir evangelizando mediante el testimonio y la palabra. Pablo VI, comentando el v. 14, decía: «Esta ley enunciada un día por San Pablo conserva hoy todo su vigor. Sí, es siempre indispensable la predicación, la proclamación verbal de un mensaje» (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, n. 42). Pero el anuncio de la palabra no basta: «Para la Iglesia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana, entregada a Dios en una comunión que nada debe interrumpir y a la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites. “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan —decíamos recientemente a un grupo de seglares—, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio” (…). Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra de santidad» (ibidem, n. 41).

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