COMENTARIO

 Rm 11,1-12 

El Apóstol, sintiéndose auténtico israelita, descendiente de Abrahán, de la tribu de Benjamín, afirma contundentemente que, a pesar de todo lo dicho, Dios no ha rechazado a Israel (v. 1). Citando las quejas a Dios del profeta Elías por la infidelidad de la mayoría del pueblo (v. 3) y la respuesta divina (v. 4), evoca el tema bíblico del «resto de Israel» (cfr 9,27-28). La expresión, frecuente en los profetas (cfr Is 4,2-3; Jr 3,14; Ez 9,8; Am 3,12; Mi 4,7; So 2,7.9), designaba al grupo de israelitas que se mantenían fieles a Dios en momentos de infidelidad generalizada. Pablo acude a esta imagen para explicar por qué sólo un reducido grupo de judíos ha creído a la predicación evangélica: son el «resto» al que Dios ha elegido para que en ellos se cumplan las promesas; el propio Pablo constituye un ejemplo y una prenda del retorno de Israel a su Dios.

Al leer estos versículos, los cristianos nos damos cuenta de que, análogamente a lo que le sucedió a Israel, en la historia de la Iglesia no han faltado ni faltan ocasiones en que muchos se alejan de la fe. En esos momentos de crisis, confiando en las promesas de Dios, hemos de considerar que el Señor quiere servirse de un «resto» fiel, para dar remedio a la situación. «Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después… pax Christi in regno Christi —la paz de Cristo en el reino de Cristo» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 301).

Por otra parte, las palabras del v. 1 deben servir de estímulo para amar al pueblo judío. El Concilio Vaticano II enseña: «La Iglesia de Cristo reconoce que los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya en los Patriarcas, en Moisés y los Profetas, conforme al misterio salvífico de Dios. Reconoce que todos los cristianos, hijos de Abrahán según la fe (cfr Ga 3,7), están incluidos en la vocación del mismo Patriarca, y que la salvación de la Iglesia está místicamente prefigurada en la salida del pueblo elegido de la tierra de esclavitud. Por lo cual, la Iglesia no puede olvidar que ha recibido la Revelación del Antiguo Testamento por medio de aquel pueblo, con quien Dios, por su inefable misericordia, se dignó establecer la Antigua Alianza, ni puede olvidar que se nutre de la raíz del buen olivo en que se han injertado las ramas del olivo silvestre que son los gentiles (cfr Rm 11,17-24). Cree, pues, la Iglesia que Cristo, nuestra paz, reconcilió por la cruz a judíos y gentiles y que de ambos hizo una sola cosa en Sí mismo (cfr Ef 2,14-16). La Iglesia tiene siempre ante sus ojos las palabras del Apóstol Pablo sobre sus hermanos de sangre, “a quienes pertenecen la adopción y la gloria, la Alianza, la Ley, el culto y las promesas; y también los Patriarcas, y de quienes procede Cristo según la carne” (Rm 9,4-5), hijo de la Virgen María. Recuerda también que los Apóstoles, fundamentos y columnas de la Iglesia, nacieron del pueblo judío, así como muchísimos de aquellos primeros discípulos que anunciaron al mundo el Evangelio de Cristo» (Nostra aetate, n. 4). San Juan Pablo II se expresa en la misma línea. Refiriéndose a la existencia del pueblo de Israel, señala que ésta «no es un mero hecho de naturaleza ni de cultura, en el sentido en que por la cultura el hombre despliega los recursos de su propia naturaleza. Es un hecho sobrenatural. Este pueblo persevera a pesar de todo porque es el pueblo de la Alianza y porque, pese a las infidelidades de los hombres, el Señor es fiel a su Alianza. Ignorar este dato primordial es seguir la trayectoria de un marcionismo contra el cual la Iglesia bien pronto reaccionó con energía, consciente como era de su vínculo vital con el Antiguo Testamento, sin el cual el mismo Nuevo Testamento queda falto de significado. Las Escrituras son inseparables del pueblo y de su historia, que conduce al Cristo Mesías prometido y esperado (…). Por ello, quienes consideran meros hechos culturales contingentes que Jesús fuera judío y que su ambiente fuera el mundo judío (…), no sólo desconocen el significado de la historia de la salvación, sino que, más radicalmente, atacan a la verdad misma de la Encarnación» (Discurso en el Simposio «Las raíces del antijudaísmo en los ambientes cristianos», 31-X-1997).

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