COMENTARIO

 Rm 11,25-36 

San Pablo anuncia que, según el designio de Dios, al final todos los pueblos se convertirán. «Juntamente con los Profetas y el mismo Apóstol, la Iglesia espera el día, conocido sólo por Dios, en que todos los pueblos con una sola voz invocarán al Señor y “le servirán bajo un mismo yugo” (So 3,9)» (Conc. Vaticano II, Nostra aetate, n. 4). Sin embargo, Pablo no especifica más. El reconocimiento de Jesucristo como Mesías por parte de los judíos es un «misterio» (v. 25) del porvenir, que ocurrirá cuando Dios lo decida. Lo cierto es que Dios es siempre fiel a sus promesas y no se vuelve atrás. Por eso, la vocación del pueblo judío como pueblo elegido es irrevocable (v. 29). A pesar de su desobediencia, Dios lo amará por siempre, según las promesas hechas a los patriarcas y los méritos que lograron con su correspondencia fiel (cfr 9,4-5). Precisamente por ese amor inalterable de Dios es posible que «todo Israel» se salve. De ahí que Pablo entienda la conversión de los gentiles como una etapa en la misión del pueblo de Israel, pues estaba escrito que la promesa de Dios a Abrahán era para siempre: «Bendeciré a quienes te bendigan, y maldeciré a quienes te maldigan; en ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra» (Gn 12,3).

De las palabras citadas en los vv. 26-27 no se sigue necesariamente que la conversión del pueblo hebreo sea un presagio del fin del mundo. Enseñan en todo caso que la historia del pueblo judío forma una parte especial dentro de la historia de la salvación y que la redención —en la medida en que las criaturas correspondan— tendrá alcance universal, afectando a toda la humanidad, a judíos y gentiles. Por eso, la Iglesia pide al Señor que escuche sus oraciones «para que el pueblo de la primera alianza llegue a conseguir en plenitud la redención» (Misal Romano, Liturgia del Viernes Santo, Oración de los fieles).

La bondad de Dios, que ha permitido la desobediencia de judíos y gentiles, pero se ha apiadado de sus miserias (v. 32), arranca en el Apóstol encendidas exclamaciones de alabanza al misterioso designio de Dios (vv. 33-35), que termina con una doxología: «A Él la gloria por los siglos. Amén» (v. 36). Y comenta Orígenes: «Añade el “Amén” para que entendamos que a esa felicidad se llega a través de Él, de quien está escrito también en el Apocalipsis: Esto dice el Amén (Ap 3,14)» (Commentarii in Romanos 8,13).

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