COMENTARIO
Con apoyo en la gracia que le ha sido concedida (v. 3), Pablo escribe ahora señalando la conducta que se ha de observar para llevar una vida conforme a la voluntad de Dios y la dignidad cristiana. La idea que quiere transmitir puede resumirse en las palabras del v. 2: «No os amoldéis a este mundo».
Primero, establece el fundamento de su exhortación. El que ha sido justificado en Cristo debe ofrecerse completamente y sin reservas a Dios, como en un acto de culto (vv. 1-2). «Por la predicación apostólica del Evangelio se convoca y congrega el Pueblo de Dios, de suerte que todos los que a este pueblo pertenecen, por estar santificados por el Espíritu Santo, se ofrezcan a sí mismos como “hostia viva, santa, agradable a Dios” (Rm 12,1)» (Conc. Vaticano II, Presbyterorum ordinis, n. 2). Se trata, pues, de dar a Dios un culto que —como enseñó Jesucristo a la samaritana— no es puramente material, exterior y formal, sino interior y espiritual (cfr Jn 4,23-24). Así, toda la vida del cristiano queda empapada de sentido sacerdotal: «Si yo —escribía Orígenes— renuncio a todo lo que poseo, si llevo la cruz y sigo a Cristo, he ofrecido un holocausto en el altar de Dios (…). Si mortifico mi cuerpo y me abstengo de toda concupiscencia, si el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo, entonces he ofrecido un holocausto en el altar de Dios y me hago sacerdote de mi propio sacrificio» (In Leviticum homilia 9,9). O como enseñaba San Josemaría Escrivá: «Todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 P 2,5), para realizar cada una de nuestras propias acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre» (Es Cristo que pasa, n. 96). cfr también nota a 1 P 2,4-10.
En los vv. 3-8, Pablo se hace eco de ideas que había expresado en la Primera Carta a los Corintios (cfr 1 Co 12,8-10.28). Explica de nuevo los diversos carismas de la Iglesia con la imagen del cuerpo para resaltar su variedad en la unidad: cada uno cumple un papel definido y coopera al bien de todos, a la vez que busca su propio bien espiritual (cfr 1 Co 12,12-31). Los carismas designan gracias divinas especiales y transitorias, concedidas no tanto para el bien personal de quien las recibe, como para el bien general de la Iglesia. Puede decirse que fue San Pablo el que introdujo en la Iglesia la palabra «carisma».