COMENTARIO
Pablo considera que su actividad en Oriente ha logrado ya frutos estables. Ahora prepara su viaje a Occidente, a Hispania, a las regiones donde aún no ha sido anunciado el Evangelio (cfr 15,20). Para ello cuenta con la ayuda de los fieles de Roma (v. 24), adonde piensa ir después de llevar a Jerusalén la colecta realizada en Macedonia y Acaya (vv. 25-27; cfr 2 Co 8,1-9,15). Ruega a los romanos que le ayuden con sus oraciones para realizar el plan (vv. 30-33), «porque muchos pequeños —señala el autor de una obra durante siglos atribuida a San Ambrosio—, cuando se juntan unánimes para rezar, son muy grandes: y es imposible que no sean escuchadas las oraciones de muchos» (Ambrosiaster, Ad Romanos, ad loc.).
Los primeros cristianos se consideraban unidos por el vínculo de la caridad y de la común llamada a la santidad: por esto no dudaban en llamarse «santos» (v. 25; cfr 1,7; Hch 9,13; 1 Co 1,2; Hb 3,1; 13,24; Jds 3; etc.).