COMENTARIO

 Rm 16,1-23 

La larga lista de afectuosos saludos pone de manifiesto que los primeros cristianos constituían una gran familia y que realmente se consideraban y se trataban como «hermanos». Eran personas de todas las clases sociales, unidas por la misma fe y el vínculo de la caridad: «Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 30).

Por los nombres que se mencionan se deduce que había entre ellos gentes de diversas regiones y culturas y de diversa condición social. No son difíciles de reconocer nombres griegos, latinos y hebreos. Los saludos mencionan hasta veintisiete personas: algunas aparecen en otros escritos del Nuevo Testamento, la mayoría sólo aquí. Recomendación detenida hace de Febe (vv. 1-2), portadora de la carta, que estaba al servicio de la comunidad de Céncreas, puerto oriental de Corinto. De aquí se deduce que fue en esta ciudad donde Pablo escribió la carta.

La advertencia de los vv. 17-18 se refiere probablemente a judaizantes, que hacían alarde de religiosidad y predicaban un estilo de vida que presentaban más perfecto.

Algunos manuscritos añaden el v. 24: «Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos vosotros. Amén».

Volver a Rm 16,1-23