COMENTARIO

 2 Co 1,3-11 

La acción de gracias tiene en este caso un carácter peculiar. De ordinario el Apóstol agradece a Dios los favores obrados en los cristianos a quienes escribe y que de este modo se sienten animados en su vocación. Aquí, en cambio, manifiesta su agradecimiento a Dios por el consuelo que él mismo está recibiendo en medio de sus tribulaciones, aunque no se olvida del beneficio de los destinatarios. En su lenguaje se pone de manifiesto la profunda unión de los miembros del Cuerpo místico de Cristo, entre sí y con su Cabeza. Por esta íntima comunión e intercomunicación el Apóstol puede decir que sus sufrimientos son «de Cristo», y hablar de la estrecha relación entre sus dolores y consuelos y los de los fieles de Corinto.

«Padre de las misericordias» (v. 3). Es un hebraismo que equivale a Padre misericordioso. Mediante la misericordia divina el Apóstol es consolado en sus sufrimientos, de manera que puede a su vez consolar a los demás. Este Dios misericordioso es el que nos ha sido revelado por Jesucristo: «Revelada en Cristo, la verdad acerca de Dios como “Padre de las misericordias” (2 Co 1,3), nos permite “verlo” especialmente cercano al hombre, sobre todo cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y dignidad» (S. Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 2).

«Ya no esperábamos salir con vida» (vv. 8-9). No se sabe exactamente a qué tribulación se refiere Pablo. Podría tratarse del motín provocado por el platero Demetrio en Éfeso, que le obligó a salir de aquella ciudad (cfr Hch 19,23-41). En todo caso, le sirve para insistir en la confianza en Dios, el único que puede librarnos de todos los peligros.

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