COMENTARIO
San Pablo se preocupa por sus fieles y se desvive por sus colaboradores: se entristece por la suerte de Tito, enviado a Corinto, y se alegra cuando lo reencuentra en Macedonia.
«Somos el buen olor de Cristo» (v. 15). «El Evangelio expande por todas partes un perfume agradable y precioso, aunque haya quienes perecen a su lado, como consecuencia de su incredulidad. No es por tanto al Evangelio a quien debe culparse de la ruina de algunos, sino a su propia corrupción» (S. Juan Crisóstomo, In 2 Corinthios 5). En consecuencia, todo cristiano debe mostrar a Cristo con su conducta: «Debe obrar de tal manera que quienes le traten perciban el bonus odor Christi, el buen olor de Cristo; debe actuar de modo que, a través de las acciones del discípulo, pueda descubrirse el rostro del Maestro» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 105).
La segunda parte del v. 16 y el v. 17 le sirven al Apóstol como introducción a la defensa que hace de su ministerio en los caps. siguientes (3,1-6,10). Contrapone aquí la sinceridad de su predicación a la deformación —adulteración— con que otros, los falsos apóstoles que le persiguen e intentan desprestigiarle, presentan la palabra de Dios, más atentos a su gloria personal que a la de Cristo. «Adulterar la palabra de Dios —explica San Gregorio Magno— es o sentir en ella algo distinto de lo que en realidad es, o buscar por ella no los frutos espirituales, sino los fetos adulterinos de la alabanza humana. Predicar con sinceridad es (…) buscar la gloria del autor y creador» (Moralia 22,12).