COMENTARIO
No faltaban en Corinto quienes, siguiendo a los judaizantes, pensaban que la doctrina de Pablo era invención suya y efecto de su arrogancia. Por eso el Apóstol apela a Dios y, mostrando la superioridad de la Nueva Alianza sobre la Antigua, aduce tres razones importantes para avalar la dignidad de su ministerio apostólico: pertenece a la Nueva Alianza que supera a la antigua (vv. 4-6); tiene mayor esplendor y gloria que el de Moisés (vv. 7-11); se basa en el Espíritu de la verdad y la libertad, y no en el texto escrito que necesita ser desvelado (vv. 12-18).
«La letra mata, pero el Espíritu da vida» (v. 6; cfr Rm 2,29; 7,6). La novedad de la Alianza estaba prometida en los profetas que anunciaron que Dios escribiría su ley en los corazones y les daría un espíritu nuevo (cfr Jr 31,31). La Nueva Ley es «Espíritu», porque es el mismo Espíritu Santo quien difunde mediante la gracia la caridad en los corazones de los fieles, y la caridad es la plenitud de la Ley: «Lo más importante en la Ley del Nuevo Testamento y en lo que consiste todo su poder, es la gracia del Espíritu Santo, que se da por la fe de Cristo» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 1-2,106,1).
Pablo, siguiendo las técnicas de exégesis rabínica, acude a la imagen del velo que se ponía Moisés sobre el rostro tras sus encuentros con Dios (vv. 13-18; cfr Ex 34,29-35). La gloria del Señor le iluminaba de tal manera, que los israelitas no podían resistir mirarle a la cara. El Apóstol muestra cómo el velo no sólo permitía a Moisés acercarse a los israelitas cuando tenía el rostro radiante, sino ocultar también que esa irradiación era transitoria. Utiliza así la imagen del velo como símbolo del carácter nebuloso y provisional del Antiguo Testamento, como manifestación de la imposibilidad de comunicarse directamente con Dios por medio de Moisés y de la Ley. Cristo, señala Pablo, es quien hace caer el velo. Sólo con la luz que trae Jesucristo, plenitud de la revelación, puede entenderse el significado verdadero de los libros sagrados. «Dios, autor que inspira los libros de ambos Testamentos, dispuso las cosas tan sabiamente que el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo, y el Antiguo está patente en el Nuevo (…). Y los libros del Antiguo Testamento, incorporados a la predicación evangélica, alcanzan y muestran su plenitud de sentido en el Nuevo Testamento y a su vez lo iluminan y explican» (Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 16). La enseñanza final es clara: en Cristo, por el Espíritu Santo, podemos participar de la vida divina. Así como Moisés reflejaba en su rostro la gloria de Dios, tras estar con Él en el Sinaí, los cristianos reflejan en su vida la gloria de Cristo, al que contemplan mediante la fe: «El cristiano purificado por el Espíritu Santo en el sacramento de la regeneración —comenta San Juan Crisóstomo— es transformado según la expresión del Apóstol en la imagen del mismo Jesucristo. No solamente contempla la gloria del Señor, sino que toma para sí mismo algunos rasgos de esta gloria divina (…). El alma regenerada por el Espíritu Santo recibe y difunde a su alrededor el resplandor de la gloria celeste que le ha sido comunicado» (In 2 Corinthios 7).