COMENTARIO

 2 Co 4,7-12 

En los sufrimientos del Apóstol se reproducen los de la pasión y muerte de Jesucristo, para que también resplandezca la vida que Jesús adquirió en su resurrección. De ahí que el pasaje nos recuerde que el dolor y la contrariedad estarán presentes en los seguidores de Cristo: «Si ambicionas la estima de los hombres, y ansías ser considerado o apreciado, y no buscas más que una vida placentera, te has desviado del camino. (…) En la ciudad de los santos, solo se permite la entrada y descansar y reinar con el Rey por los siglos eternos a los que pasan por la vía áspera, angosta y estrecha de las tribulaciones» (Pseudo Macario, Homiliae 12,5).

El ministro es débil, pero nunca desfallece. La imagen del barro del alfarero (v. 7; cfr Jr 18,6) refleja la fragilidad del apóstol y la riqueza de su mensaje: «Dios ha confiado sus dones a la frágil y débil libertad humana y, aunque la fuerza del Señor ciertamente nos asiste, nuestra concupiscencia, nuestra comodidad y nuestro orgullo la rechazan a veces y nos llevan a caer en pecado (…). Pero lo más importante en la Iglesia no es ver cómo respondemos los hombres, sino ver lo que hace Dios. La Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 131).

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