COMENTARIO
El Apóstol vuelve a dar razón de su comportamiento, insistiendo en que es honesto y claro (vv. 11-13). El motor de su modo de actuar es «el amor de Cristo» (v. 14), que en este contexto puede entenderse tanto del amor de Cristo a los hombres como de éstos a Cristo. Al exponer este amor, hace un apretado resumen del contenido de la Redención (vv. 15-17): Dios ha reconciliado a los hombres con Él por medio de Jesucristo, que cargó sobre sí nuestros pecados y murió por todos los hombres. «Todo lo que el Hijo de Dios obró y enseñó para la reconciliación del mundo, no lo conocemos solamente por la historia de sus acciones pasadas, sino que lo sentimos también por la eficacia de lo que él realiza en el presente» (S. León Magno, Tractatus 63; cfr De passione Domini 12,6). Además, Dios ha constituido a los Apóstoles embajadores de Cristo para llevar a los hombres la palabra de la reconciliación (v. 19): «La Iglesia erraría en un aspecto esencial de su ser y faltaría a una función suya indispensable, si no pronunciara con claridad y firmeza, a tiempo y a destiempo, la “palabra de reconciliación” y no ofreciera al mundo el don de la reconciliación. Conviene repetir aquí que la importancia del servicio eclesial de reconciliación se extiende, más allá de los confines de la Iglesia, a todo el mundo» (S. Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 23). Éste es el conocimiento que Pablo posee de Jesucristo, frente al que poseía antes de convertirse, cuando sólo veía a Cristo «según la carne» (v. 16).
«La caridad de Cristo nos urge» (v. 14). También para todos los cristianos el amor de Cristo debe ser un poderoso estímulo para llevar a todas las almas la salvación ganada por Jesucristo. «Nos urge la caridad de Cristo (cfr 2 Co 5,14) para tomar sobre nuestros hombros una parte de esa tarea divina de rescatar las almas (…). De ahí el deseo vehemente de considerarnos corredentores con Cristo, de salvar con Él a todas las almas» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, nn. 120s.).
«Lo hizo pecado» (v. 21). La palabra pecado en el ritual de los sacrificios expiatorios del Antiguo Testamento (cfr Lv 4,24; 5,9) significa no tanto el acto pecaminoso, cuanto el sacrificio mismo y la víctima ofrecida. Por tanto, el sentido de la frase es que Dios «lo hizo víctima por el pecado» o «sacrificio por el pecado», puesto que Cristo no podía ser culpable de pecado. «Cristo no tuvo pecado alguno; cargó con el pecado, pero no lo cometió» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 68,1,10). Jesucristo, cargando con nuestros pecados y ofreciéndose en la cruz como víctima por ellos, lleva a cabo la Redención: «En la pasión y muerte de Cristo —en el hecho de que el Padre no perdonó la vida a su Hijo, sino que “lo hizo pecado por nosotros”— se expresa la justicia absoluta, porque Cristo sufre la pasión y la cruz a causa de los pecados de la humanidad. (…) La dimensión divina de la redención no se actúa solamente haciendo justicia del pecado, sino restituyendo al amor su fuerza creadora en el interior del hombre, gracias a la cual él tiene acceso de nuevo a la plenitud de vida y de santidad, que viene de Dios. De este modo, la redención comporta la revelación de la misericordia en su plenitud» (S. Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 7).