COMENTARIO

 2 Co 11,21-33 

Comienza la apología propiamente dicha, señalando su condición social y sus méritos, en contraste con los de sus adversarios. En cuanto judío es igual que ellos (v. 22), y en cuanto ministro de Cristo les supera claramente: lo prueban los padecimientos físicos y morales soportados en el desempeño de su ministerio. No puede leerse sin emoción el impresionante elenco de sufrimientos que, por otra parte, suministra preciosos datos autobiográficos que no figuran en los Hechos de los Apóstoles. Es significativo que presente precisamente sus sufrimientos como muestra de su superioridad en el ministerio de Cristo. El dolor, la cruz, son compañeros inseparables de la vida cristiana: «Cuando emprendemos el camino real de seguir a Cristo, de portarnos como hijos de Dios, no se nos oculta lo que nos aguarda: la Santa Cruz, que hemos de contemplar como el punto central donde se apoya nuestra esperanza de unirnos al Señor. Te anticipo que este programa no resulta una empresa cómoda; que vivir a la manera que señala el Señor supone esfuerzo. Os leo la enumeración del Apóstol, cuando refiere sus peripecias y sus sufrimientos por cumplir la voluntad de Jesús: cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno… (2 Co 9,24-28)» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 212).

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