COMENTARIO
Se llama la atención sobre la coherencia que reclama la fe recibida en el misterio de la Encarnación, del que deriva la capitalidad de Cristo sobre el cosmos. Frente a los que mediante unos complejos ritos de iniciación buscaban entrar mediante la gnosis en el ámbito de la «plenitud» (pléroma) divina, el texto sagrado afirma que en Cristo «habita toda la plenitud (pléroma) de la divinidad corporalmente» (v. 9). Esta fórmula no es sólo una afirmación polémica, sino que tiene un profundo contenido teológico: «Quiere decir —explica San Juan de Ávila— que [la divinidad] no mora solamente en Él por vía de gracia, como en los santos —hombres y ángeles—, mas por otra manera de mayor tomo y valor, que es por vía de la unión personal» (Audi, filia 84). La doctrina cristiana explicará con claridad que en Jesucristo hay dos naturalezas, la divina y la humana, unidas en una sola persona que es divina. Esta unión en la persona (unión hipostática) no impide que cada naturaleza siga manteniendo sus características propias en plenitud, pues como definió San León Magno «ni el Verbo ha sido cambiado en carne, ni la carne en Verbo, sino que uno y otros permanecen en una unidad» (Licet per nostros 2).
Así como el israelita entraba a formar parte del pueblo por la circuncisión, el cristiano entra a formar parte de la Iglesia por el Bautismo (vv. 11-12). Con una imagen análoga a la de Rm 6,4, al evocar el rito de inmersión en el agua, se habla del Bautismo como de una sepultura —señal cierta de haber muerto al pecado—, y de la resurrección a una vida nueva: la vida de la gracia. Mediante este sacramento somos asociados a la muerte y sepultura de Cristo para que también podamos resucitar con Él. Cristo «significó con su resurrección nuestra nueva vida, que renacía de la antigua muerte, por la cual estábamos sumergidos en el pecado. Esto es lo que realiza en nosotros el gran sacramento del bautismo: que todos los que reciben esta gracia mueran al pecado (…) y que renazcan a la nueva vida» (S. Agustín, Enchiridium 41-42).
Cristo es el único mediador por ser Dios y Hombre. El objetivo fundamental de su acción mediadora es reconciliar a los hombres con Dios, por el perdón de sus pecados y la donación de la vida de la gracia, que es una participación en la vida divina. En el v. 14 se indica el modo por el que Cristo ha logrado su fin: la muerte en la cruz. Todos los que estaban sometidos a la esclavitud del pecado y de la Ley, han sido liberados por su muerte. La Ley mosaica, a la que los escribas y fariseos se habían encargado de añadir tal número de preceptos que la hacían insoportable, venia a ser como un pliego de cargos (quirógrafo) contra los hombres, pues imponía pesadas cargas y no daba la gracia para sobrellevarlas. Con frase muy gráfica se afirma que este documento fue quitado de en medio y clavado en la cruz. «Vino a nosotros el Rey para cancelar nuestras facturas y escribió en su nombre otra factura para hacerse nuestro deudor» (S. Efrén, Hymnus de Nativitate 4,12).
Sobre los «principados y potestades», ver nota a Ef 6,10-20.