COMENTARIO

 2 Ts 3,17-18 

En la antigüedad las cartas solían dictarse a un amanuense o secretario. San Pablo siguió esa costumbre (cfr Rm 16,22). Con frecuencia el remitente añadía, al final, unas letras de su propia mano, que daban una nota de cortesía y evidenciaban la autenticidad del escrito: así sucede algunas veces en el corpus paulino (cfr 1 Co 16,21; Ga 6,11; Col 4,18). En este caso, las palabras finales, han pasado a ser saludo litúrgico en la Iglesia.

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