COMENTARIO
Una de las cuestiones más importantes que debieron afrontar las primeras comunidades cristianas, entre ellas la de Éfeso, en los años que siguieron a sus comienzos fue el discernimiento y mantenimiento de la fe genuina, ya que se daban interpretaciones particulares, algunas muy pegadas a las tradiciones judías y otras impregnadas de elementos de religiosidad helenística extraños al mensaje cristiano. Por eso, la primera responsabilidad de quien presidía la comunidad consistía en vigilar por la recta doctrina, no por afán de imponer los propios criterios, sino para suscitar una caridad bien fundada. «La fe enseña la verdad, y una fe pura hace nacer la caridad» (S. Juan Crisóstomo, In 1 Timotheum 2,1). Y Santo Tomás explica que esto es así porque «quienes no tienen la fe verdadera no pueden amar a Dios, pues quien cree cosas falsas acerca de Dios ya no ama a Dios» (Super 1 Timotheum, ad loc.); a lo sumo amará esa falsa caricatura de Dios en la que cree.
En continuidad con esa enseñanza apostólica, la práctica pastoral de la Iglesia procura que la formación religiosa vaya sencilla y directamente a los contenidos fundamentales, expuestos con claridad, y evitando pérdidas de tiempo y posibles confusiones que podrían seguirse de propalar hipótesis poco probadas o teorías marginales a la fe. En esa línea, San Juan Pablo II aduce este texto de San Pablo para indicar que los catequistas «se abstendrán de turbar el espíritu de los niños y de los jóvenes en esta etapa de su catequesis, con teorías extrañas, problemas inútiles o discusiones estériles, muchas veces fustigadas por San Pablo en sus cartas pastorales» (Catechesi tradendae, n. 61).