COMENTARIO

 1 Tm 1,8-11 

La anterior exhortación a cuidar de la recta doctrina, frente a las creencias desviadas que se propagaban entre aquellos primeros cristianos, no implica un rechazo a la enseñanza contenida en la Ley de Moisés, que sigue manteniendo su sentido también entre los cristianos, aunque desde una nueva perspectiva. San Pablo había enseñado que los cristianos ya no viven bajo el régimen de la Ley, sino bajo el de la fe en Cristo (Ga 3,24-26; 4,3-7), que es el régimen de la gracia (Rm 6,14-15). Los creyentes evitan todo lo que la Ley prohíbe y cumplen todo lo que la Ley exige, e incluso más. La Ley mosaica es buena, pero insuficiente, porque da a conocer el pecado, pero no proporciona los medios para vencerlo. En cambio, «la ley del Espíritu de la vida que está en Cristo Jesús» (Rm 8,2) ha hecho posible adquirir lo que la Ley sola no podía conseguir: la justificación (cfr Rm 8,1-4). Por eso se dice que «la Ley no se ha dado para el justo» (v. 9), es decir, para el justificado por Cristo, porque el justo actúa no por las prescripciones de la Ley mosaica, que no tienen vigor para él, sino movido por la fe en Dios y el amor hacia Él. Los falsos doctores parecen no haber entendido la justificación realizada por Cristo, ya que siguen discutiendo sobre minucias en la interpretación del Antiguo Testamento, poniendo la salvación en su observancia.

La expresión «sana doctrina» (v. 10) es característica del lenguaje de las Cartas Pastorales. En el griego culto de la época, «sano» viene a significar lo mismo que «razonable»; con ello se da a entender que la doctrina de la fe y de la moral no contradice a la recta razón humana, sino que la ayuda y eleva por encima de sus posibilidades naturales. «El hombre puede reconocer el bien y el mal gracias a aquel discernimiento del bien y del mal que él mismo realiza mediante su razón iluminada por la Revelación divina y por la fe, en virtud de la ley que Dios ha dado al pueblo elegido, empezando por los mandamientos del Sinaí. Israel fue llamado a recibir y vivir la ley de Dios como don particular y signo de la elección y de la Alianza divina, y a la vez como garantía de la bendición de Dios» (S. Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 44).

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