COMENTARIO

 1 Tm 2,8-15 

Si inmediatamente antes se invitaba a rezar por todos los hombres, también por los gentiles, pues Dios quiere que todos se salven, ahora se hace notar que esa oración debe ser discreta: sin llamar la atención por el modo externo de realizarla y con una actitud interna de humildad y limpieza de corazón. Esa discreción se concreta, para los hombres, en orar alzando las manos (actitud que en el mundo helenístico manifestaba que se pedía ayuda a la divinidad) y, en las mujeres, en ir vestidas sobriamente y ser discretas en el hablar, como era la costumbre. Lo importante es que los hombres acudan a rezar sin que su conciencia tenga nada que reprocharles, «sin ira ni disensiones» (v. 8), y las mujeres manifestando «la piedad por medio de las buenas obras» (v. 10). Los abusos deben ser corregidos: ni los hombres han de buscar manifestar su poder o condición social, ni las mujeres llamar la atención por el modo de arreglarse o con intervenciones que resultarían extrañas. En este sentido, el núcleo de esas orientaciones sobre el modo de rezar y vestir es siempre válido y actual. «En nuestra misma oración —comenta San Ambrosio— la modestia resulta muy agradable y obtiene un gran favor delante de nuestro Dios… Así pues, gran cosa es la modestia, que mientras está dispuesta a ceder su propio derecho, nada pretende para sí, nada reivindica, y en cierto modo estando por debajo de sus propias fuerzas, es rica delante de Dios, delante del cual nadie es rico. La modestia es rica, porque es herencia de Dios. Pablo también manda elevar la oración con modestia y sobriedad. Quiere que ésta sea la que preceda y casi muestre el camino a la oración que se hará después» (S. Ambrosio, De mysteriis 1,18,70).

De un pasaje como éste, en que se invita a la piedad, no se puede sacar de modo precipitado una normativa permanente sobre la participación de los hombres y de las mujeres en la liturgia. Se habla desde las costumbres de la época y con los argumentos ordinarios de entonces. De ahí que no permitir que la mujer enseñe (v. 12) no sea una prohibición absoluta sino referida en aquel contexto concreto a los actos de culto público. Algunos comentaristas piensan que estas indicaciones iban dirigidas a mujeres ricas a quienes los falsos doctores estaban engañando, haciéndolas portavoces de sus doctrinas. Entre los errores que propagaban estaría el considerar el matrimonio pecaminoso (cfr 4,3). De ahí la referencia a la maternidad (v. 15). En cualquier caso, la enseñanza sigue siendo actual, especialmente cuando en algunos ambientes se minusvalora el papel de la mujer como madre. Por ello San Juan Pablo II enseña que la verdadera promoción de la mujer «exige que sea claramente reconocido el valor de su función materna y familiar respecto a las demás funciones públicas y a las otras profesiones (…). Si bien se debe reconocer también a las mujeres, como a los hombres, el derecho de acceder a las diversas funciones públicas, la sociedad debe sin embargo estructurarse de manera tal que las esposas y madres no sean de hecho obligadas a trabajar fuera de casa y que sus familias puedan vivir y prosperar dignamente, aunque ellas se dediquen totalmente a la propia familia» (Familiaris consortio, n. 23).

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