COMENTARIO
Cuando se escribieron las Cartas Pastorales aún no se habían fijado definitivamente los nombres y los cometidos de los diversos órdenes sagrados en la jerarquía de la Iglesia; aparecen con claridad en los escritos de San Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II). Estos «obispos» (epískopoi) eran aquellas personas que estaban al frente de alguna comunidad particular. Como ministros de la Iglesia tenían la misión de enseñar, presidir y dar ejemplo de vida cristiana.
«Casado una sola vez» (v. 2). Literalmente, «hombre de una sola mujer». Esta condición, que se pide también a los «diáconos» (3,12), no se refiere, obviamente, a la prohibición de la poligamia, que afectaba a todos y no sólo a los ministros sagrados, sino a la exigencia de no estar casado en segundas nupcias. En la época apostólica no se exigía el celibato a quienes estaban al frente de las comunidades cristianas, entre otras razones porque muchos abrazaban la fe en edad adulta, estando ya casados. No obstante, muy pronto fue imponiéndose entre los ministros sagrados la costumbre de no casarse. «En la antigüedad cristiana, los Padres y los escritores eclesiásticos dan testimonio de la difusión, tanto en Oriente como en Occidente, de la práctica libre del celibato en los ministros sagrados, por su gran conveniencia con su total dedicación al servicio de Dios y de su Iglesia. La Iglesia de Occidente, desde los principios del siglo IV, mediante la intervención de varios concilios provinciales y de los Sumos Pontífices, corroboró, extendió y sancionó esta práctica» (Pablo VI, Sacerdotalis caelibatus, nn. 35-36).