COMENTARIO

 1 Tm 4,1-11 

En el cap. 1 se exhortaba a Timoteo a asumir su responsabilidad en el mantenimiento de la buena doctrina de la fe. Ahora, se atajan algunos errores prácticos, consecuencia de desviaciones doctrinales, que iban llegando a aquella comunidad: en concreto, la prohibición del matrimonio y de algunos alimentos considerados impuros. Ambas discriminaciones continuaron entre los gnósticos del siglo II, para los cuales la materia era mala y sólo lo espiritual era bueno. La doctrina cristiana, en cambio, fundada en la enseñanza del Señor y en la predicación de los Apóstoles, defiende la dignidad de matrimonio y enseña la licitud de todos los alimentos sanos.

Frente a esas prácticas descaminadas, y manteniéndose firme en la doctrina del Evangelio, se le aconseja a Timoteo ejercitarse en la piedad genuina. «La piedad, es decir, el verdadero servicio al Dios verdadero —dice San Agustín—, para todo aprovecha. Porque evita o mitiga las molestias de esta vida o conduce a aquella vida o salud, en que ya no padeceremos mal alguno y gozaremos del sumo y sempiterno bien. Te exhorto, tanto como me exhorto a mí mismo, a conseguirla más perfectamente y a retenerla con perseverancia» (S. Agustín, Epistolae 155,4,17). Para alcanzarla es necesario poner los medios: «La vida interior se robustece por la lucha en las prácticas diarias de piedad, que has de cumplir —más: ¡que has de vivir!— amorosamente, porque nuestro camino de hijos de Dios es de Amor» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 83).

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