COMENTARIO

 1 Tm 5,17-25 

Estas palabras ponen de relieve la gravedad que implicaría imponer las manos precipitadamente. Por eso, la Iglesia recibe en los ministerios sagrados sólo a los que sean considerados dignos y estén bien preparados, y reclama de los candidatos al presbiterado una decidida disposición personal por afanarse «en la palabra y en la enseñanza (cfr 1 Tm 5,17), creyendo en aquello que leen cuando meditan en la ley del Señor, enseñando aquello en que creen, imitando aquello que enseñan» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 28). La fuerte exigencia del compromiso por asumir una vida santa nunca será un obstáculo para que surjan las vocaciones sacerdotales necesarias, pues desde una perspectiva de fe es claro que «Dios nunca abandona de tal manera a su Iglesia que no se hallen ministros idóneos en número suficiente para las necesidades de los fieles, si se promueve a los que son dignos y se rechaza a los indignos» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae, supp. 36,4,1).

En el v. 18 se cita primero un texto de Dt 25,4 y luego unas palabras del Señor transmitidas en Lc 10,7. Es posible que aquí ya se esté considerando «Escritura» al Evangelio de San Lucas. Aunque la frase también podría provenir de algún otro texto anterior al evangelio actual.

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