COMENTARIO
Las amonestaciones del Apóstol reflejan la pena que le produce el daño causado por los falsos maestros. Frente a su avaricia (v. 10), los buenos maestros viven contentos aunque sólo tengan alimento y algo con que cubrirse. El desprendimiento proporciona libertad, «y es que sólo es libre el que vive para Cristo —afirma San Juan Crisóstomo—. Ése está por encima de todos los males, y si no quiere hacerse él daño a sí mismo, nadie se lo puede hacer jamás. Al servidor de Cristo no se lo puede atacar. No le afecta la pérdida del dinero, porque sabe que nada trajimos a este mundo y nada podremos llevarnos. No le domina la ambición, ni el amor de la gloria, pues sabe que nuestra ciudadanía está en el cielo. Ni le apenan las injurias ni le irritan los golpes. Para el cristiano sólo hay una desgracia: ofender a Dios. Todo lo malo: pérdida de bienes, destierro de la patria, peligro de la vida, no lo tiene ni siquiera por mal. Y aquello de lo que todos tiemblan, el salir de este mundo, es para él más dulce que la misma vida» (Ad Theodorum lapsum 2,5).