COMENTARIO

 2 Tm 2,1-7 

La fidelidad siempre ha sido considerada una virtud imprescindible para quienes reciben la misión de vigilar. Por eso resulta especialmente necesaria para los obispos (epískopos, en griego, significa «vigilante»). Los «hombres fieles» a los que confiar lo recibido han de ser además «capaces de enseñar» (v. 2): «¿De qué serviría al obispo ser fiel —se pregunta San Juan Crisóstomo— si no fuera capaz de trasmitir la fe a otros, o si, conformándose con no traicionar la fe, no supiera suscitarla en otros fieles? Son, pues, necesarias dos condiciones para formar a un doctor: que sea fiel y capaz de enseñar» (In 2 Timotheum, ad loc.). Recogiendo esta doctrina, el Concilio Vaticano II enseña: «El Pastor y Obispo de nuestras almas constituyó su Iglesia de forma que el Pueblo que eligió y adquirió con su sangre debía tener sus sacerdotes siempre, y hasta el fin del mundo, para que los cristianos no estuvieran nunca como ovejas sin pastor. Conociendo los Apóstoles este deseo de Cristo, por inspiración del Espíritu Santo, pensaron que era obligación suya elegir ministros “capaces de enseñar a otros” (2 Tm 2,2). Oficio que ciertamente pertenece a la misión sacerdotal misma, por lo que el presbítero participa en verdad de la solicitud de toda la Iglesia para que no falten nunca operarios al Pueblo de Dios aquí en la tierra. Pero ya que hay una causa común entre el piloto de la nave y el navío…, enséñese a todo el pueblo cristiano que tiene obligación de cooperar de diversas maneras, por la oración perseverante y por otros medios que estén a su alcance, para que la Iglesia tenga siempre los sacerdotes necesarios en el cumplimiento de su misión divina» (Presbyterorum ordinis, n. 11).

El soldado, el atleta y el agricultor (vv. 3-7) son tres ejemplos de profesiones que exigen realizar a conciencia el trabajo, con disciplina, dedicación y esfuerzo, cualidades que se requieren también para llevar a cabo una verdadera tarea apostólica, en comunión con los pastores de la Iglesia. «Prestad atención al obispo para que Dios os la preste a vosotros —aconseja San Ignacio de Antioquía—. Yo doy la vida por los que se someten al obispo, a los presbíteros y a los diáconos: ¡ojalá pudiese tener parte con ellos en Dios! Siempre unidos, trabajad, luchad, corred, sufrid, dormid, despertad, como administradores, asistentes y servidores de Dios. Agradad a Aquel por el que militáis, del cual, además, recibís la paga. Que no encuentre entre vosotros ningún desertor. Vuestro bautismo permanezca como escudo, la fe como yelmo, el amor como lanza, la paciencia como armadura» (Ad Polycarpum 6,1-2).

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