COMENTARIO
Los padecimientos de Pablo, encarcelado por predicar el Evangelio, son un título de gloria, pues en el martirio el discípulo se asemeja al Maestro. Por los méritos de Cristo se alcanza la salvación. Además, ninguna dificultad externa es obstáculo infranqueable para la difusión del Evangelio: «¡La palabra de Dios no está encadenada!» (v. 9). «Así como no es posible atar un rayo de luz ni encerrarlo en el hogar, del mismo modo tampoco se puede hacer eso con la predicación de la palabra del Evangelio. Y lo que es mucho más: el maestro estaba en cadenas y la palabra andaba volando libre; aquél habitaba en la cárcel mientras que su doctrina, como con alas, discurría por todas las partes del orbe de la tierra» (S. Juan Crisóstomo, Ad populum Antiochenum 16,12).
El himno de los vv. 11-13 constituye un acicate para mantenerse fieles en circunstancias adversas, que pueden culminar en el martirio. Refleja la íntima unión del bautizado con Cristo muerto y resucitado, y es un canto a la perseverancia cristiana fundamentada en la fidelidad eterna del Señor, que siempre es fiel «pues no puede negarse a sí mismo» (v. 13). San Agustín explica que esa imposibilidad no es una limitación a la omnipotencia divina: «Lo único que no puede el omnipotente es lo que no quiere. (…) Es imposible que la justicia quiera hacer lo que es injusto, o que la sabiduría quiera lo que es necio, o la verdad lo que es falso» (Sermones 214,4).