COMENTARIO

 2 Tm 3,14-17 

Se exhorta a Timoteo a leer la Sagrada Escritura (el Antiguo Testamento) que su madre y su abuela le enseñaron a estimar desde niño, pues los libros de la Escritura Santa están inspirados por Dios. Por esa razón gozan de una peculiar autoridad en la Iglesia, porque la «revelación que la Sagrada Escritura contiene y ofrece ha sido puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo. (…) Como todo lo que afirman los hagiógrafos, o autores inspirados, lo afirma el Espíritu Santo, se sigue que los libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra» (Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 11). Por eso la Iglesia y los santos han recomendado siempre su lectura: «Lee muy a menudo las divinas Escrituras, o, por decir mejor, que nunca la lectura sagrada se te caiga de las manos» (S. Jerónimo, Epistulae 52,7).

«Hombre de Dios» (v. 17). Con esta expresión se designaba en el Antiguo Testamento a personas que cumplieron alguna misión especial de parte de Dios, como Moisés (Dt 33,1; Sal 40,1), Samuel (1 S 9,6-7), Elías y Eliseo (1 R 17,18; 2 R 4,7.27.42). Aquí se aplica a Timoteo, en cuanto que, por la consagración, ha recibido de Dios un ministerio en la Iglesia. Por la ordenación «el sacerdote es fundamentalmente un hombre consagrado, un hombre de Dios (1 Tm 6,11). (…) El sacerdocio ministerial en el Pueblo de Dios es algo más que un oficio público y sacro ejercido en servicio de la comunidad de los fieles: es, fundamentalmente y antes que cualquier otra cosa, una configuración, una transformación sacramental y misteriosa de la persona del hombre–sacerdote en la persona del mismo Cristo, único mediador (cfr 1 Tm 2,55)» (Álvaro del Portillo, Escritos sobre el Sacerdocio 83-84).

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