COMENTARIO
El tono solemne de la exhortación viene marcado por una fórmula severa, inspirada en los protocolos grecorromanos de sucesión, que obligaba a los herederos a cumplir la voluntad del testador: «Te advierto seriamente», o «te conjuro». Y es que la predicación del Evangelio (v. 2) es una grave responsabilidad de quien preside una comunidad cristiana. Así lo hace notar el Concilio Vaticano II: «Entre los oficios principales de los Obispos se destaca la predicación del Evangelio. Porque los Obispos son los pregoneros de la fe que ganan nuevos discípulos para Cristo y son los maestros auténticos, es decir, herederos de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de creerse y ha de aplicarse a la vida, la ilustran con la luz del Espíritu Santo, extrayendo del tesoro de la Revelación las cosas nuevas y las cosas viejas (cfr Mt 13,52), la hacen fructificar y con vigilancia apartan de la grey los errores que la amenazan (cfr 2 Tm 4,1-4)» (Lumen gentium, n. 25).
Las palabras del Apóstol están llenas de prudencia y sabiduría, de ahí que en la tradición cristiana se hayan tomado como una referencia segura en la tarea de orientar a los demás. Así, por ejemplo, escribe San Benito: «En su gobierno debe el abad observar siempre aquella norma del Apóstol que dice: reprende, reprocha, exhorta; es decir, que combinando tiempos y circunstancias, y el rigor con la dulzura, muestre la severidad del maestro y el piadoso afecto del padre» (Regula 2,23-25).