COMENTARIO
Como el comienzo del Evangelio de San Juan, los cuatro primeros versículos forman una especie de prólogo de la carta, que desarrollará desde diferentes aspectos el tema en él enunciado: la excelsa condición de Cristo, Hijo natural y eterno de Dios, Mediador universal, Sacerdote eterno, que por su sacrificio fue glorificado hasta sentarse a la diestra del Padre y «recibir el nombre que está sobre todo nombre» (cfr Flp 2,6-11; Jn 1,3.14). El nombre que ha heredado (v. 4) es, pues, el de «Hijo», superior a los ángeles. La epístola es una exhortación a que el cristiano fundamente toda su vida en esta fe en Cristo, el Hijo de Dios.
Dios se ha comunicado con los hombres ya no por profetas sino por medio de su Hijo (v. 2). Se habla de Cristo con palabras que recuerdan textos veterotestamentarios sobre la Sabiduría divina (v. 3; cfr Sb 7,25-27). Lo que en el Antiguo Testamento era descrito como un atributo de Dios, se revela ahora como una Persona divina, el Verbo Encarnado. Jesucristo es presentado como la plenitud de la revelación salvífica. Al ser la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre ya no cabe otra revelación (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 65). San Juan de la Cruz comenta estos versículos con gran belleza: «Es como si dijera: Lo que antiguamente habló Dios en los profetas a nuestros padres de muchos modos y de muchas maneras, ahora a la postre, en estos días nos lo ha hablado en el Hijo todo de una vez. En lo cual da a entender el Apóstol que Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en él todo» (Subida al Monte Carmelo 2,22,4).
La liturgia de la Iglesia emplea este texto en la tercera misa del día de Navidad, junto con Is 52,7-10 —el anuncio del mensajero de la paz— y el prólogo del cuarto Evangelio (Jn 1,1-18).