COMENTARIO
Ante el peligro de desánimo que acechaba a los destinatarios de la carta, el autor sagrado les exhorta a la fidelidad a Cristo con argumentos de la Escritura vinculados a la vida de Moisés. Porque Dios descansó al final de la creación (cfr Gn 2,2), el descanso fue establecido en el Antiguo Testamento como una imitación del actuar divino (cfr Ex 20,10-11). Asimismo, el éxodo era considerado como una nueva creación, al final del cual hubo también un descanso, es decir, la entrada en la tierra prometida. El autor de la carta da una orientación cristiana a este episodio: el éxodo es la redención obrada por Cristo que como nuevo Moisés nos introduce en el descanso eterno. De ahí la necesidad de ser fieles. Por eso, se toma pie del Salmo 95 —donde se hace alusión a una rebeldía de los israelitas en el desierto, cuando se quejaron ante Dios por la falta de agua (cfr Ex 17,1-7)— y se exhorta a imitar a los que entonces fueron fieles y creyeron en la promesa de entrar en el «descanso» de Dios. Se enseña así que la palabra del Espíritu Santo es permanente, sigue viva «hoy» (v. 13). Por eso, el castigo del Señor por las faltas de fe en Él y en Moisés, por las murmuraciones y desobediencias del pueblo escogido, se convierte en un estímulo vivo y actual no sólo para la perseverancia de los lectores de la carta, sino también para los de todos los tiempos, pues también el cristiano por infidelidad podría fracasar en el logro de la vida eterna. Si las llamadas de Dios son desoídas habitualmente, se puede crear una situación espiritual de resistencia a la gracia cada vez más grave y terminar en la pérdida de la fe. La incredulidad no suele ser algo repentino, sino que corona un proceso de desobediencia interior. De ahí la necesidad de una continua correspondencia a la gracia. Ésa fue la actitud de los primeros cristianos: prefirieron morir antes que «apostatar del Dios vivo» (v. 12). Con un orgullo santo escribía uno de aquellos mártires: «Se nos decapita, se nos clava en cruces, se nos arroja a las fieras, a la cárcel, al fuego, y se nos somete a toda clase de tormentos; pero a la vista de todos está que no apostatamos de nuestra fe. Antes bien, cuanto mayores son nuestros sufrimientos, tanto más se multiplican los que abrazan la fe y la piedad por el nombre de Jesús» (S. Justino, Dialogus cum Tryphone 110,4).