COMENTARIO

 Hb 4,1-11 

Desarrollando lo dicho en 3,18-19, se reitera la exhortación a la fidelidad. Ahora la comparación entre Moisés y Jesús se extiende a israelitas y cristianos. Moisés se había dirigido al pueblo elegido para que fuera fiel y alcanzara así el lugar de descanso (cfr Dt 12,9-10). Estableció el precepto del descanso sabático (cfr Dt 5,12-15; Ex 20,8-11; 35,1-3; Nm 15,32-36) como recuerdo del descanso de Dios en la creación, como señal de la Alianza y figura del descanso eterno (v. 4). Sin embargo, el pueblo de Israel no había podido conseguir ese descanso ni siquiera al entrar bajo la guía de Josué en la tierra prometida (v. 8). Les faltó fe (v. 2) y obediencia (v. 6). Por eso sigue abierta la promesa tal como canta el Salmo 95, que había sido escrito después de entrar en la tierra, sigue abierto el «hoy». Y como Cristo prometió un descanso nuevo y definitivo —la vida en la casa del Padre (cfr Jn 14,1-3)— los cristianos han recibido una nueva invitación de parte de Dios para entrar en el descanso divino (v. 2). Comienza así otro «hoy», otro momento en el cual se puede ganar la verdadera Tierra Prometida, como premio a la fe: «Éste será realmente el gran sábado que no tendrá tarde, ese sábado encarecido por el Señor en las primeras obras de su creación (…). Allí, en quietud, veremos que Él es Dios, reparados por Él y consumados por una gracia más abundante, descansaremos eternamente viendo que Él es Dios y seremos llenos de Él cuando Él será todo en todas las cosas» (S. Agustín, De civitate Dei 22,30). La pérdida de ese «descanso» es lo único que realmente debe temer el hombre.

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