COMENTARIO
La madurez cristiana (cfr 6,1) exige responsabilidad. Los cristianos han sido «iluminados», es decir, han recibido el Bautismo, «que es el principio de la regeneración espiritual, en la cual el entendimiento es iluminado por la fe» (Sto. Tomás de Aquino, Super Hebraeos, ad loc.). Los cristianos, pues, hemos sido colmados con el «don celestial», es decir, el mismo Espíritu Santo que llena de dulzura (cfr 1 P 2,3), y hemos experimentado la suavidad de la Buena Nueva y la fuerza que tiene el Reino de Dios que culminará con la segunda venida de Cristo. De ahí que, si rechazamos voluntaria y obstinadamente al Hijo de Dios, no podremos convertirnos (vv. 4-6). No es que no exista el perdón para estos apóstatas, sino que sus disposiciones son tales, que rechazan la misericordia de Dios. Es una enseñanza que recuerda la del Señor sobre el pecado contra el Espíritu Santo (ver nota a Mt 12,22-37) y lo que afirma la segunda carta de Pedro sobre la apostasía (cfr 2 P 2,20-22). La parábola de la tierra buena y de la tierra estéril refuerza la exhortación (vv. 7-8). No obstante, en medio de esta dramática advertencia, resplandece la invitación a confiar en Dios (vv. 9-12). Dios no es injusto, no se olvida de los suyos y, si perseveran, les dará el premio: «Por esto a los que obran bien “hasta el fin” (Mt 10,22) y esperan en Dios se les debe poner ante los ojos la vida eterna, que es a la vez una gracia prometida misericordiosamente a los hijos de Dios por medio de Jesucristo y también “una especie de recompensa” que se les debe justamente otorgar, según la promesa del mismo Dios, gracias a sus buenas obras y sus méritos (cfr San Agustín, De gratia et libero arbitrio, VIII, 20)» (Conc. de Trento, De iustificatione, cap. 16).