COMENTARIO

 Hb 6,13-20 

Se puede confiar en Dios (cfr 6,9-12) porque Él es fiel a sus promesas. Lo demuestra la historia de Abrahán, con quien el Señor hizo un juramento. El juramento, que es señal de validez y estabilidad, fue el fundamento de la esperanza israelita (vv. 13-18). «Gracias a dos cosas inmutables» (v. 18) se refiere a la veracidad de Dios como autor del juramento y como fiador de él. Por eso, la promesa y el juramento divino son como un ancla (v. 19): dan seguridad en cualquier circunstancia. El cristiano, que es el verdadero descendiente de Abrahán por la fe (cfr Rm 4,12) y el destinatario de la promesa (cfr Ga 3,14.16.29), está, por lo tanto, seguro de que Dios cumplirá lo que ha prometido. Su esperanza no puede fallar, porque se apoya en la perennidad del sacrificio y del sacerdocio de Cristo: si en el Antiguo Testamento, el sumo sacerdote traspasaba el velo del Templo para entrar una vez al año —el Día de la Expiación— en el «Santo de los Santos» (cfr v. 19), Cristo, con el sacrificio de la cruz, penetró en el Santuario verdadero del Cielo y abrió su acceso a todos. El texto dice que el cristiano se refugia «en la posesión de la esperanza» que le ha sido ofrecida. La esperanza es, de alguna forma, la posesión de lo prometido: es como un «áncora segura y firme», «porque así como el áncora echada del barco no permite que éste vaya a la deriva, aunque sea sacudido por innumerables vientos, sino que lo vuelve estable, lo mismo hace la esperanza» (S. Juan Crisóstomo, In Hebraeos 11). El áncora, frecuentemente dibujada y pintada en el arte cristiano desde los primeros siglos, representa mucho más que una seguridad humana: expresa la fe del cristiano, su certeza en la Resurrección del Señor y en la suya propia y, por tanto, la confianza que nace de la unión íntima con Cristo.

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