COMENTARIO
A partir de la idea de que Jesús es Sumo Sacerdote (v. 1; cfr 7,1-28) se anuncia con solemnidad «lo más importante» o capital de la epístola: la superioridad del sacerdocio de Cristo. Cristo desarrolla su ministerio en el Cielo —a la diestra de la Majestad (cfr 1,3)—, en un nuevo Santuario y en un nuevo Tabernáculo, que son «verdaderos» (vv. 2-4), en oposición al Santuario y al Tabernáculo de Moisés (cfr Ex 25,40), que no eran más que una imagen. Por eso también los sacerdotes levíticos, que sirven en el Tabernáculo de «sombra» (v. 5), tienen un ministerio inferior al de Cristo. En cambio, este Sumo Sacerdote, que no es nombrado explícitamente hasta 9,11, ejerce una mediación superior (v. 6), porque ofreció en la cruz el sacrificio que selló una Nueva Alianza. Cristo, en el Cielo, presenta continuamente al Padre los frutos de su sacrificio en la cruz. Esa acción litúrgica celeste se hace también presente en la liturgia terrena, especialmente en el Sacrificio de la Misa. En él Jesucristo —único Sacerdote de la Nueva Ley— de modo incruento sacrifica y ofrece por medio de los sacerdotes ministros suyos la misma víctima, su cuerpo y su sangre, inmolada cruentamente, de una vez para siempre, en la cruz. «En la liturgia terrena pregustamos y participamos en la liturgia celeste que se celebra en la santa ciudad, Jerusalén, hacia la que nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 8).
Las palabras de Jr 31,31-34, que anunciaban una Nueva Alianza entre Dios y su pueblo, por las continuas infidelidades de éste a la Alianza del Sinaí, se han cumplido con la Alianza establecida por Jesús: es en esta Nueva Alianza donde Dios perdona de verdad las culpas y ya no se acuerda de los pecados. La antigua no era «sin tacha», es decir, era imperfecta (v. 7). No podía lograr la verdadera intimidad con Dios (v. 10).