COMENTARIO

 Hb 9,1-10 

Para hablar de la excelencia del sacrificio de la Nueva Alianza, a la que se acaba de referir (cfr 8,13), se describe el santuario de la Antigua: el Tabernáculo, la tienda donde habitaba el Señor, mientras el pueblo de Israel peregrinaba por el desierto tras la salida de Egipto y en los primeros tiempos de estancia en la tierra prometida (cfr Ex 25,1-26,36). Y se alude también (v. 7) al culto que se desarrollaba en él para expiar los pecados: el sacrificio del gran Día de la Expiación o Yom kippur (cfr Lv 16,1-34; 23,26-32; Nm 29,7-11). En este día —que se celebraba el 10/11 del mes de Tisrí (septiembre–octubre) y que en la actualidad es, junto con la Pascua, Pentecostés, Tabernáculos y la solemnidad del Año Nuevo, una de las grandes fiestas del judaísmo—, todo Israel se reconciliaba con su Dios mediante la purificación y el perdón de los pecados cometidos durante el año y que no habían sido expiados.

Se enseña así que el culto de la Antigua Ley era ineficaz, figura de un nuevo culto, cuyo centro es el sacrificio expiatorio de Cristo, el único que puede santificar al hombre —abrir el «camino hacia el Santuario», es decir, a Dios—, el único que puede «perfeccionar al oferente en su conciencia» (v. 9). Símbolo de la ineficacia para alcanzar la justificación del antiguo culto era la existencia de una primera tienda que impedía el acceso a la segunda. Una vez que no existe el velo que impide su paso, el hombre puede lograr la unión con Dios, la santidad, que se simboliza por la entrada en el «Santo de los Santos». Cristo con su muerte rasgó el velo (cfr Mt 27,51). Él es el Camino (cfr Jn 14,6), la Puerta (cfr Jn 10,7) que permite la entrada en el Santuario Celestial.

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